La condición femenina, según Graciela Hierro

Por Manuel Casal

Sección: Con firma masculina

Sábado, 23 de octubre. 2021

Graciela Hierro Perezcastro (1928-2003)

Uno de los méritos de Graciela Hierro Perezcastro (Ciudad de México, 1928-2003) fue el de haber introducido la filosofía feminista en su país, a través de sus escritos y de su actividad en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En ella ejerció de profesora durante treinta años, a partir de 1972. Su influencia, además de en el ámbito académico, se hizo notar en los ambientes políticos y culturales. Logró así que los grandes temas feministas del momento se introdujeran y se consideraran en los entornos más retrógrados del país.

Es posible que, dada la velocidad a la que evoluciona hoy el mundo, el pensamiento de Graciela Hierro pueda parecer algo antiguo o, quizá, demasiado elemental. Mi decisión de mostrar aquí algunas opiniones de esta filósofa se debe a que soy consciente de que estamos en una sociedad postmoderna, en donde caben todos los pensamientos y todas las actitudes, y a que me parece que en ella existen personas a las que las ideas de esta profesora les pueden hacer algún bien. Expongamos, pues, brevemente, sus aportaciones básicas sobre lo que significa ser mujer.

Se encuentran estas en Ética feminista, su libro más importante, editado por primera vez por la UNAM en 1985 y reeditado en 1990. Su punto de partida es que el problema moral que más preocupación genera es, por la cantidad de sufrimiento que produce, el de la condición femenina de opresión. A lo largo del libro trata de describir esta situación, de encontrar las causas de la opresión de las mujeres y de racionalizar un juicio moral liberador de la misma. Veamos hoy aquí cómo describe la condición femenina de su tiempo y, en gran medida, del nuestro.

La situación de la mujer la describe usando las mismas categorías que propone Simone de Beauvoir (1908-1986) en su imprescindible libro El segundo sexo: “ser para sí” y “ser para otro”. Esta autora, filósofa existencialista, considera que el ser humano no “es” nada, solo algo que “existe”, pero que tiene que “hacerse” para llegar a “ser”. Esa tarea, que dura toda una vida, la ha de desarrollar a través de las relaciones que pueda establecer con la realidad, con lo otro, en la sociedad. De esta manera llegará a ser lo que es, a conquistar su propia “esencia”. Para ello, tiene que salir de sí -ser trascendente-, darse sus propias normas -ser autónomo-, no tener constricciones y poder elegir -ser libre.

Según Beauvoir, y también Graciela Hierro, en nuestra sociedad hay dos tipos de seres. Un “ser para sí”, que es capaz de ser trascendente, autónomo y libre para realizarse en el mundo, y vivir, por tanto, su propia vida. Se refiere a los hombres, a los varones, que sí pueden ser para sí mismos. El otro modelo es el del “ser para otro”, que es el de las mujeres, el segundo sexo. Estas no suelen poder ser autónomas (porque sus normas de vida se las impone el hombre), ni libres (ya que tienen obligaciones que les impone la sociedad machista) ni pueden siempre trascender su propia persona, puesto que la sociedad patriarcal les obliga a desarrollar ocupaciones más privadas. La realización personal de un “ser para otro” no puede ser tan completa como la de un “ser para sí”. A las mujeres, por tanto, les es más difícil que a los hombres llegar a ser verdaderos seres humanos. Es su situación de opresión.

Este carácter de “ser para otro” se manifiesta en la mujer a través de tres características de su condición femenina: la inferiorización, el control y el uso, que manifiestan su opresión en la familia, la sociedad y el Estado.

La inferiorización de la mujer es una consecuencia indirecta de su capacidad procreadora. Aunque esta no debe considerarse como una función meramente animal de perpetuación de la especie, se le impone a la mujer como si fuera algo solo natural, su misión más importante, si no la única, pero no como una tarea propiamente humana libremente elegida. Esta imposición de un fin procreador convierte a la mujer en un “ser para los otros”, y no le permite convertirse en un “ser para sí”.

Como lo importante para la mujer, según la visión del varón, es la procreación, no propiamente su sexualidad, ésta queda controlada por el mundo masculino, que destina a la mujer, no a una realización personal, sino a ser madre por encima de todo y a cuidar de la prole.

Este es el uso que se le da en la sociedad a la mujer. Su posible deseo de tener hijos no depende de ella, sino de la voluntad del varón, que puede usarla como pareja sexual o como futura madre.

A juicio de Graciela Hierro, los hombres, para evitar que las mujeres tomen conciencia de su situación real y para ayudarse a mantener su situación de dominio, recurren a lo que denomina la mistificación de lo femenino. Esta mistificación consiste en construir una idea de la mujer como portadora de un principio casi sagrado, místico: el principio reproductor, fruto de una concepción controlada de su sexualidad. A ello llega la sociedad patriarcal mediante dos procedimientos muy comunes en las sociedades tradicionales: el privilegio femenino de ser mantenida económicamente por el varón y el trato galante que recibe en determinadas ocasiones.

Este privilegio de ser mantenida por el hombre intenta mantener a la mujer al margen del mercado productivo, y, aunque se presente como un privilegio, funciona como el pago por su función reproductiva y por la realización de labores domésticas. Esto genera una dependencia económica de la que a la mujer le puede resultar difícil salir. Nótese que la realización personal de la mujer se concibe como esposa y madre, es decir, siempre en dependencia de un varón.

Cartel que la recuerda en el Museo de la Mujer de México.

El trato galante que reciben las mujeres por parte de los hombres se suele presentar como una forma de respeto, pero en realidad la galantería no es más que la consideración de la mujer como un ser inferior, con quien se tiene alguna deferencia. Y esto solo si se adapta al plan vital que le propone el hombre. De hecho, cuando una mujer deja de comportarse con la feminidad que se espera de ella, pierde todo privilegio y toda galantería. Ahí suele empezar, diríamos hoy, la violencia de género.

Estas maniobras masculinas crean un papel social de la mujer como reproductora, trabajadora en casa, encargada del cuidado de los hijos y objeto erótico a disposición del hombre. Como estas funciones no producen beneficio económico -aunque la última la valora el hombre como una ganancia para él-, se consideran socialmente inferiores y por eso la sociedad machista se las atribuye a las mujeres. Al participar estas activamente en la construcción del mundo masculino, se convierten en las conservadoras del orden social establecido y en transmisoras, voluntarias o no, de la ideología patriarcal.

Apunta finalmente Graciela Hierro que existen dos instituciones en la sociedad que apuntalan esta condición femenina de opresión: la familia patriarcal y la iglesia cristiana. Ambas se constituyen en lo que ella denomina “el baluarte de la mística femenina”.


Manuel Casal (San Fernando (Cádiz), 1950) es licenciado en filosofía por la U.C.M. y Catedrático de filosofía de Enseñanza Secundaria. Ha publicado varios libros explicativos de los textos propuestos para las pruebas de acceso a la Universidad, así como el titulado En pocas palabras. Aforismos. Ha participado en otros trabajos colectivos de diversa temática, como Mensajes en una botellaÁngel de nieveEspíritu de jazz o El oasis de los miedos. Colabora en revistas y periódicos y mantiene el blog Casa L, en donde se reflexiona sobre asuntos de actualidad.

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