Cartones, tijeras, la cámara multiplano y el talento de Lotte Reiniger.

Por María Rodríguez Velasco

Sección: Fotogramas velados. La mujer en el cine

Lunes, 28 de noviembre. 2022

Charlotte Reiniger

Puede que las nuevas generaciones prefieran móviles y tabletas desde la más tierna infancia, ya que los adultos, abrumados por la falta de tiempo y otras cuestiones, se los ofrecemos en bandeja. Niños y niñas permanecen horas y horas entretenidos con las imágenes y sus efectos visuales, calladitos, accediendo con un solo dedo a un universo de información incalculable. Hace algunas décadas – no sé si era mejor o peor-, dibujábamos, coloreábamos e inventábamos historias de papel. Algunos lo hacíamos en silencio; otros, en grupo, formaban un bullicio de risas y voces aprendidas en los cuentos. Del mismo modo, siempre hay seres especiales que encuentran en una actividad concreta su vocación, a la que dedican un tiempo y esfuerzo inusitados, independientemente de su edad, época o procedencia.

El 2 de junio de 1899, en Berlín, nació Charlotte Reiniger, quien transformó su juego favorito en un precedente del cine de animación. De niña solía atraer la atención de sus allegados con un guiñol casero de sombras chinescas y, ya en la adolescencia, se convirtió en una admiradora del cineasta francés Georges Méliès, un innovador en el uso de los efectos especiales y pionero del cine de terror. Sin embargo, fue en una conferencia de Paul Wegener -destacado del expresionismo alemán- cuando Lotte supo a qué quería dedicarse. A partir de entonces, comenzó a convencer a sus padres para que le permitieran hacer una prueba en el grupo de teatro donde trabajaba Wegener, dirigido por Max Reinhardt. Y así fue, aunque su tarea se limitara a pintar los rótulos en la compañía y, cuando nadie la veía, como comenzó a confeccionar las siluetas de los actores y actrices cuando interpretaban a los personajes. Esto hizo que su ídolo se fijara en ella, por la creatividad que revelaban sus creaciones. Poco tiempo después, ya se encargaba de los decorados de todas las obras. No resulta extraño que su nombre resonara en los ambientes artísticos berlineses, ni que fuera admitida en el Instituto de Innovaciones Culturales. Fue entonces cuando pudo ver la luz su primera película de figuras recortadas, «El ornamento del corazón enamorado»(1919). Sin darse cuenta, Lotte estaba haciendo Historia, a través de siluetas negras sobre fondo amarillo. Algunos títulos destacados de aquella época fueron «Amor y los enamorados perseverantes» (1920), «La maleta volante» y «La estrella de Belén» (1921), «Cenicienta» y «La bella durmiente» (1922).

Fotograma de Las aventuras del Príncipe Achmed
Lotte y sus inicios con la cámara multiplano

En el Instituto de innovaciones Culturales conoció al que sería su esposo y colaborador, Carl Koch, director de cine y productor de la mayoría de sus trabajos. Al mismo tiempo, trabajó en anuncios publicitarios y en otras películas; pero fue en 1923, al coincidir con el banquero Louis Hagen, cuando realizó su obra más reconocida. Éste se ofreció a financiar «Las aventuras del príncipe Achmed»(1926), un proyecto que le costó tres años de dedicación y que, a día de hoy, es el largometraje de animación más antiguo que se conserva. Para su realización, se necesitaron veinticinco imágenes para cada segundo de metraje. La precisión debía ser absoluta para que cada figura diera sensación de movilidad y evitar que fueran estáticas. Su técnica consistía en utilizar una mesa y un cristal sobre ella, con un papel transparente. Las figuras se situaban sobre éste y la luz, desde abajo, resaltaba los contornos. Para simular profundidad, superponía varias placas de cristal. De este modo, por muy rudimentario que se nos antoje, imitó el movimiento de las olas, el corporal y un sinfín de detalles. De hecho, ella ideó originalmente la cámara multiplano; la misma que inspiró al reconocido Walt Disney, entre otros muchos que llegaron más tarde.

Debido al éxito rotundo de crítica y público, se le presentaron más oportunidades, como el mediometraje “El doctor Dolittle y sus animales” (1928) y “La búsqueda de la felicidad” (1929). Esta última fue su primera cinta de imagen real, que codirigió con Rochus Gliese. Su estreno se postergó a 1930, ya que hubo que añadir las voces a los intérpretes, pues la era del sonido acababa de arrancar.

Entre 1933 y 1939, se exilió de su Alemania natal junto a Carl, con motivo de la llegada al poder del partido nazi. Produjeron alrededor de doce películas, a pesar de que no pudieron establecerse en ningún país durante un largo período, pues sus visados eran siempre temporales. No obstante, no desistió y continuó con su especialidad. Su amor por la música le llevó a adaptar las óperas “Carmen”, de Bizet, y “La flauta mágica” –bautizada “Papageno”-, de Mozart, que se proyectaron en 1933 y 1935, respectivamente.

Lotte con una de sus criaturas de papel

Volvieron a Berlín en plena Guerra Mundial y la falta de medios les llevó a dejar proyectos por concluir. Sin embargo, en 1949, se trasladaron a Londres y crearon Primrose Productions, donde Lotte continúo trabajando en solitario de manera incansable, tras fallecer su esposo en 1962. Trabajó para la BBC y para la National Film Board (Canadá). Algunas de sus producciones de aquel momento fueron “El sastrecillo valiente”, “Blancanieves y Rosarroja”, “Aladín y la lámpara maravillosa”, “El gato con botas” y “Los tres deseos” (1954), “Hansel y Gretel” (1955) y “El príncipe rana” (1961). En 1972 le concedieron el Deutscher Filmpreis y la Orden del Mérito de la República Federal Alemana, en 1979.

Nunca fue muy estricta con la técnica, le importaban más la innovación y el encanto de la imperfección artesanal. Jean Renoir llegó a calificar “Carmen” como el mejor equivalente óptico de la música del influyente compositor y, en la actualidad, son muchas las alusiones a su trayectoria. Un buen ejemplo es “Persepolis” (2007), de Marjane Satrapi.

Lotte Reiniger fue una figura imprescindible del mundo del cine, una revolucionaria que rompió con las expectativas de aquellos que no confiaron en su talento y abrió camino a un género que aún se hallaba en fase de experimentación.

No sé si ella estaría de acuerdo conmigo, pero su recorrido me dice que nos equivocamos.

No atosiguemos a los más pequeños con nuestras propias frustraciones, ni les obliguemos a perseguir intereses de éxito caduco. Dejémosles jugar.

Lotte Reiniger, animadora de sombras chinescas

María Rodríguez Velasco. Escritora y actriz.

Nace, crece y, actualmente, vive en Aceuchal, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz. Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Neuropsicología y Educación por la UNIR. Colabora en la revista cultural digital Amanece Metrópolis reseñando obras de teatro, novelas y poesía; también, ha participado escribiendo relatos cortos en la sección de bloggers de la Editorial Acto Primero. Es integrante de la Asociación Acebuche-Teatro desde hace más de una década y ayudante de dirección en su cantera infantil. Ejerce profesionalmente como orientadora en los Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógica de la Junta de Extremadura, en diversos centros.
Apasionada del cine, la música, la lectura y el teatro, que le han aportado sosiego, sentido común y horizontes infinitos donde proyectar sueños y realidades posibles. La interpretación y el escenario le han permitido viajar lejos y profundizar en las entrañas de muchos personajes; en definitiva, explorar la inteligencia emocional.

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