Madres

Por Elisa Vázquez

Sección: Mujeres y Educación

Miércoles, 23 de noviembre. 2022

En este mes de noviembre, en el que rendimos homenaje a nuestros difuntos, me estoy acordando especialmente de mi madre. Ella era la persona más inteligente que he conocido en mi vida; extremadamente culta, gran lectora, con una memoria prodigiosa y un uso impecable de las palabras, era además muy ingeniosa y mostraba una habilidad mental sorprendente y envidiable. Podías hablar con ella de cualquier tema, que siempre estaba interesada y demostraba un conocimiento poco acorde con su nivel de estudios, porque mi madre solo había cursado la primaria. ¡No le habían dejado estudiar más!

Nacida, para su desgracia, en la España de 1935, mi madre sufrió la terrible desigualdad de la que fueron víctimas todas las mujeres de su generación y de muchas generaciones más que padecieron la dictadura franquista durante tantos años. Pero el caso de mi madre es especialmente sangrante si tenemos en cuenta que su padre era profesor. Al ser la mayor de cuatro hermanos, su papel en la casa era el de “atender a sus labores” y nunca llegó a explicarse el motivo por el que decidieron interrumpir su formación académica a tan corta edad. Siempre hablaba de eso, siempre se lamentaba. Ella quería ser cirujana, sabía de medicina casi tanto como cualquier médico y a este respecto tengo dos anécdotas muy significativas: en las consultas, hablaba con los especialistas en salud en términos médicos, tanto en lo que se refiere a patologías como a tratamientos o medicaciones, dejando absolutamente sorprendidos a sus interlocutores. Además, cuando empezaron a generalizarse las cadenas televisivas de diferentes asuntos, al llegar al salón de casa si estaba mi madre viendo la tele, había que ir con cuidado y taparse los ojos para no ver mucha sangre, porque estaría contemplando ensimismada, casi con toda seguridad, alguna operación de esas que emiten en programas de cirugía estética o de enfermedades raras…

Pero sus padres no solo no le dejaron estudiar Medicina, algo hasta cierto punto comprensible en la España de la época ya que era una mujer y residía en provincias, por lo que se tendría que aventurar sola en una ciudad más grande para entrar en la facultad a cursar los estudios pertinentes, sino que no le dejaron estudiar nada. En aquellos tristes años en los que la dictadura franquista había “depurado”1 a los maestros y maestras nombrados por la República, pensando que serían un impedimento para su pretensión de acabar con el laicismo, con la coeducación, con la organización democrática e igualitaria de la enseñanza y el espíritu de innovación pedagógica que había instaurado el gobierno legítimo de España, llegar a ser maestra dentro del régimen era muy fácil. Mi madre siempre decía que su propio padre podría haberla preparado para hacer unos exámenes en la capital que le proporcionarían el título de Magisterio que por aquel entonces no era carrera universitaria. Pero ni siquiera eso. Ni formarse para ser secretaria, cosa que podría haber hecho en su ciudad, nada.

Imagen de la madre que se potenciaba desde el régimen franquista

Sé que otras mujeres de su generación sí tuvieron acceso a los estudios, aunque fueran pocas, pero lo grave es que sus posibilidades dependían de las decisiones de sus progenitores, porque la ley no las respaldaba; no existía la enseñanza obligatoria ni había una presión social favorable a la formación y educación reglada de las mujeres, sino todo lo contrario: eran, como ya hemos visto, educadas para el hogar, para sus labores, para ser madres. Y en eso, mi madre fue de las mejores; ¡qué gran cirujana nos perdimos!

Representación de Medea y sus hijos muertos.

Ya sabemos que en la historia de nuestro país, y en la de los demás países del mundo, ser madre ha sido la principal función de las mujeres, para la que hemos sido educadas desde siempre. El mito de la maternidad ha sido una losa que nos ha mantenido enterradas en el hogar y nos ha privado de proyección pública, nos ha alejado del mundo exterior que ha pertenecido a los hombres. Pero a pesar de los cambios, el mito permanece y se reproduce en nuestros días, tal vez porque los mitos se aferran al subconsciente colectivo y son terriblemente difíciles de erradicar, incluso cuando sabemos que no se corresponden con la realidad. Esta tiranía del mito sigue tan de actualidad que, en su contra, se han producido movimientos reivindicativos que intentan descargar la presión de la maternidad sobre las mujeres y sobre su vida profesional, podemos ver como ejemplo el Club de Malasmadres, en el que se someten a debate aspectos tan interesantes como la promoción laboral de las madres y la “no conciliación”. Porque, a pesar de permitir la incorporación de las mujeres al mercado laboral, siempre se ha mantenido sobre ellas cierto grado de reproche y culpabilidad al tener que abandonar a sus retoños. Cualquier acción que pueda realizar una mujer que tenga hijos puede acarrear que sea rápidamente tildada de “mala madre”. Y ese es el mayor pecado, el más imperdonable: no hay delito mayor que ser una mala madre. Tal vez porque cuando llegamos al mundo estamos en manos de nuestra madre, totalmente vulnerables, dependiendo de sus buenas intenciones hacia nosotros incluso antes de nacer. Por eso, ¿qué situación puede ser más aterradora que el “síndrome de Medea”? ¿Cómo no temer a la persona que puede darnos la vida o quitárnosla a su capricho cuando más desprotegidos estamos? Es posible que este temor ancestral sea el que, a lo largo del tiempo, ha hecho que el patriarcado matara a la Diosa, —esa fuerza fecunda, poderosa y abrumadora que representaba a la naturaleza en todo su esplendor— para dejarla convertida únicamente en Madre y paradójicamente transformada en Virgen. Porque el patriarcado quiere madres sumisas, bondadosas, impecables, tanto que se convierten en vírgenes inmaculadas, como decía la vieja canción: “Un altar llevo en mi pecho ardiente, a la madre que me dio a mí el ser, a esa mujer tan buena y valiente de inmaculada frente ceñida de laurel…”

Imagen del Club de Malasmadres y su blog

La Madre es el mito mayor del patriarcado para acabar con la sensualidad y la libertad de las mujeres; a las madres no se les puede perdonar nada. Y redunda el mito: las madres deben ser buenas porque es algo natural, ¿qué madre no quiere a sus hijos? Eso es algo “contra natura” —uno de los términos que, injustificadamente, más ha hecho sufrir a miles de personas a lo largo del tiempo—. Pues no, miles de madres no han querido a sus hijos, tanto en la especie humana como en cualquier otra especie animal, miles de madres los han abandonado, los han matado. Hay tribus que tienen la tradición de dejar morir a sus retoños —cuando ya tienen muchos o ha sido año de mala cosecha— de inanición y las madres se hacen prácticamente inmunes a los llantos desesperados de los bebés hambrientos.

¿Y los padres? Pues los padres no son medidos por el mismo rasero. Es muy “natural” que un hombre tenga varios hijos con una mujer y cuando abandone a esta olvide, en el mismo lote a sus vástagos y forme una nueva familia sin inmutarse y sin sentir ese reproche social opresivo y, en algunas situaciones, insoportable. Pero si una mujer hace eso, todo el peso de la desaprobación social más absoluta recaerá sobre ella, igual que si prefiere prosperar en su trabajo en vez de dedicarse únicamente a cambiar los pañales de su prole. Tal vez por eso, las mujeres de hoy en día están posponiendo la maternidad hasta edades casi imposibles, mientras se aseguran un buen futuro profesional o desarrollan sus vocaciones en cualquier ámbito, o se sienten incapaces de ser madres —con toda la carga que conlleva— y renuncian definitivamente a ello, aunque también tengan que aguantar advertencias y presiones sobre que se van a arrepentir y que no hay nada mejor que la maternidad. ¡Cómo una mujer va a quedarse voluntariamente sin hijos!

En fin, si tenemos en cuenta que el pasado día 15 de este mes nació en República Dominicana un niño llamado Damián que han contabilizado, simbólicamente, como el habitante que hace los ocho mil millones de personas sobre la Tierra, marcando un hito de crecimiento demográfico en este desgastado y exprimido planeta, tampoco veo tan grave la decisión de las mujeres que no quieren ser madres, ¿no os parece?

NOTAS:

1Ver al respecto el impresionante trabajo de Francisco Morente Valero, La escuela y el Estado Nuevo, la depuración del magisterio nacional (1936-1943), Ámbito Ediciones, S. A., Valladolid, 1997.


Elisa Vázquez.

Nacida en Ponferrada, donde actualmente reside, es diplomada en Educación Infantil y doctora en Filosofía por la Universidad de Murcia. Escribe, principalmente, Literatura Infantil y Juvenil. Tiene publicados los siguientes libros: Doña Chancleta y el cohete-lavadora (agotado); La Pócima Mágica y Regreso a Montecorona (los dos primeros títulos de la colección Lucy y Pepón en NubeOcho Ediciones); Amapola y la Luna y El sueño del ángel (Ediciones en Huida); El Reino de Úlver, con la colaboración del Consejo Comarcal del Bierzo y Marta y Brando. Magia traviesa (Uno Editorial).

Socia fundadora del Club Literario Petronio, que intenta fomentar la lectura y activar la vida cultural en su localidad, participa con sus cuentos y artículos en blogs y espacios literarios televisivos. Sus textos —principalmente relatos, artículos y poemas— aparecen en varias antologías de escritoras leonesas, como en el libro homenaje a Concha Espina publicado en 2018 y en un segundo publicado en 2020 sobre la misma autora. A Josefina Aldecoa en 2019; a Alfonsa de la Torre en marzo de 2020 y este año en el libro dedicado a la poeta berciana Manuela López. Así mismo, en el libro de autores bercianos que se editó con motivo de la entrega del Premio de la Crítica Literaria 2018, que tuvo lugar en Villafranca del Bierzo a primeros del mes de abril del año 2019. En 2021 ha publicado Vivir del viento, su primera novela para adultos, con la editorial Letra r y ha participado con uno de sus relatos en la antología Misterio en El Bierzo, de la editorial Más Madera.

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