La educación de las mujeres en el Egipto de los faraones

Por Elisa Vázquez

Sección: Mujer y Educación

Viernes, 29 de julio. 2022

Hace pocos días, me he enterado de que la Fundación Eulen organiza, del 10 de junio al 31 de diciembre de este año 2022, en el Palacio de las Alhajas de Madrid,una exposición en torno a la mujer en el antiguo Egipto que reúne casi trescientas piezas procedentes de doce países. En su catálogo, el arqueólogo y ex-ministro de Antigüedades de Egipto, Zahi Hawass, afirma: Las mujeres tuvieron los mismos derechos que los hombres y una identidad propia, lo que les permitía adquirir posesiones, heredar, desheredar y divorciarse… y ocupar los altos estamentos de la Administración y del Estado.

Las mujeres del antiguo egipcio estaban presentes en todos los estamentos de la sociedad, hasta en los más altos. Su educación dependía más bien del status que de su sexo.

Al parecer, durante la visita a esta interesante muestra podremos comprobar el papel relevante que tuvieron las mujeres en el Egipto de los faraones, donde disfrutaban de una independencia desconocida en otras culturas coetáneas o incluso posteriores. Esta idea de plena igualdad entre hombres y mujeres nos puede parecer tan chocante que no nos acabamos de creer que así fuera. Sí es cierto que en el antiguo Egipto las mujeres tuvieron un trato muy avanzado en cuanto a derechos, del que indudablemente no disfrutaban las de otras civilizaciones, así por ejemplo, señala la egiptóloga Barbara Watterson:

Los bienes de tierras se heredaban por línea materna de madre a hija […]. Una mujer tenía derecho a administrar sus bienes y a disponer de ellos como quisiera. Podía comprar, vender, ser ejecutora en testamentos, llevar una acción a juicio y adoptar hijos en su propio nombre.

Watterson es optimista y asegura que las representaciones de la época en relieves e inscripciones transmiten igualdad entre hombres y mujeres, mientras que la arqueóloga y experta en Estudios de la Mujer María J. Rodríguez-Shadow cree que Watterson exagera y afirma que:

A pesar de que en el arte egipcio existe una gran cantidad de representaciones femeninas, las asimetrías genéricas existían como parte de la estructura social y las mujeres ocuparon una posición secundaria en relación con los hombres.

En la misma línea se manifiesta la investigadora Maite Mascort que ya en las Jornadas sobre Egiptología realizadas en Mallorca en el año 2003, organizadas por la Fundación Sophia, declaró sus reticencias hacia la idea de una igualdad plena entre el hombre y la mujer del antiguo Egipto:

La egipcia no fue nunca una mujer que intentara equipararse al hombre… La igualdad entre el hombre y la mujer en la sociedad del antiguo Egipto no existía y creo, que tampoco ahora… lo que más destaca de la misma es que tenía poder y al igual que el hombre, ante la ley, estaba reconocida como tal.

¡Ya nos parecía a nosotras! Pero a pesar de todo, es justo reconocer que la situación de las mujeres egipcias de esa época era muchísimo mejor que la de sus coetáneas —pensemos en Grecia por ejemplo— y de la de muchas mujeres actuales en todo el mundo. Siendo indudable que sus derechos dependían más de su clase social que de su sexo, es también cierto que gozaban de ciertas libertades y un grado de igualdad en muchos aspectos que puede resultar sorprendente y envidiable, incluso en la actualidad.

Desde el punto de vista jurídico, hombre y mujer eran iguales ante la ley. Las mujeres tenían los mismos derechos que los hombres y podían manejar su propia herencia o estar al frente de un negocio. Esta posición de la mujer se refleja también en el mundo de las divinidades existiendo numerosas diosas que situaban a “lo femenino” como algo poderoso dentro de la espiritualidad y la religión de la época. Las mujeres tenían también acceso a diversas profesiones y puestos de trabajo, podían ser empresarias, funcionarias, plañideras, sacerdotisas, comadronas, tejedoras, cocineras, panaderas, etc. Y llegar a ser funcionarias de alto rango como, por ejemplo, Psechet, de la IV dinastía, que ocupó el puesto de médico jefe y Nepet, suegra del rey Bibi I de la VI dinastía, que ejerció como juez. Además, también hubo mujeres que llegaron a ocupar la función suprema de faraón.

En el matrimonio, las esposas disfrutaban de los mismos derechos legales y responsabilidades que sus maridos. En la familia, la mujer era nombrada como nebet-per, que significa señora de la casa: Era la responsable de la casa a todos los niveles. Se encargaba de la intendencia, del servicio y la economía doméstica. No existe ningún documento que diga que las mujeres no podrían manejar el dinero junto con el marido, cuenta Esther Pons, comisaria —con Nacho Ares— de la exposición. El divorcio estaba admitido y se daba por iniciativa de cualquiera de los cónyuges, incluyendo una pensión para la esposa que solía quedarse también con los niños y el hogar conyugal. En el caso de enviudar, la mujer tenía derecho a heredar la tercera parte de la fortuna de su difunto marido. Las egipcias antiguas no necesitaban de un tutor legal —recordemos que en nuestro país fue necesario durante buena parte del siglo XX—, y podían vender, comprar, emprender acciones legales o decidir cómo dividir sus bienes entre sus descendientes.

Todos estos trabajos y desempeños que realizaban las mujeres, nos llevan a suponer que tendrían, inexorablemente, derecho a la educación; ya sabemos que la igualdad de derechos empieza con la igualdad en la formación y el acceso al conocimiento. Y así era en el antiguo Egipto: las niñas, igual que los niños, aprendían a leer y a escribir a partir de los cuatro años, en unas instituciones educativas estrictamente disciplinadas donde se les enseñaba lo básico de las matemáticas, la geometría y los fundamentos de las lenguas jeroglífica y hierática. Cuando finalizaban los estudios obtenían un diploma que les permitía especializarse en una de las ramas del conocimiento. Pero ya hemos dicho que la educación en el antiguo Egipto dependía más de la clase social que del sexo. Así, es necesario mencionar una institución única que no se conoce en ninguna otra cultura, tanto educativa como de poder, que tenía unas características muy particulares. Me estoy refiriendo a la Per Jeneret o Casa Jeneret, y que se suele denominar comúnmente “harén”; un término incorrecto ya que, en muchos aspectos, era un lugar totalmente opuesto al concepto que se tiene de los harenes. La Casa Jeneret era un complejo residencial donde vivían las mujeres y familiares del faraón, pero todo parecido termina ahí. No era un lugar destinado al placer sexual del monarca, sino una sofisticada y poderosa institución con funciones educativas, diplomáticas y económicas y sus habitantes —estrictamente mujeres, a excepción de los trabajadores— eran las más privilegiadas del antiguo Egipto. La Casa Jeneret podría definirse como un verdadero micropalacio de mujeres y la institución femenina más importante y poderosa del país. Una gran diferencia con el harén es que no era un lugar de encierro, sino de residencia: sus habitantes podían salir —aunque con escolta— y recibir visitas del exterior, y no estaba vetado a otras personas que no fueran el faraón. El funcionamiento de esta institución era autónomo, con sus propios funcionarios y estructuras productivas y educativas: disponía de terrenos de cultivo, de pesca y de caza, talleres de fabricación de bienes de lujo y una escuela donde se formaban los hijos de la élite. Para los niños y niñas egipcios este era el mejor lugar para crecer, resguardados de los peligros del exterior y con las mejores posibilidades de formación, ya que allí se educaba a los hijos del faraón, pudiendo formarse en cualquier materia por la que sintieran preferencia, puesto que contaban con una legión de maestros especializados. La educación de élite y la posibilidad de gestionar sus propiedades y negocios proporcionaban unas facilidades que generalmente no estaban —como siempre ha ocurrido— al alcance de las mujeres comunes.

En resumen, si bien no podemos decir de manera estricta, como lo hace la egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt, que La mujer en el antiguo Egipto llevaba una vida feliz en un país donde la igualdad de género parecía ser normal, sí que podemos afirmar que fue una época donde las mujeres y sus derechos fueron en gran medida respetados; después llegaron los romanos y los cristianos y la historia cambió radicalmente…

BIBLIOGRAFÍA


Elisa Vázquez.

Nacida en Ponferrada, donde actualmente reside, es diplomada en Educación Infantil y doctora en Filosofía por la Universidad de Murcia. Escribe, principalmente, Literatura Infantil y Juvenil. Tiene publicados los siguientes libros: Doña Chancleta y el cohete-lavadora (agotado); La Pócima Mágica y Regreso a Montecorona (los dos primeros títulos de la colección Lucy y Pepón en NubeOcho Ediciones); Amapola y la Luna y El sueño del ángel (Ediciones en Huida); El Reino de Úlver, con la colaboración del Consejo Comarcal del Bierzo y Marta y Brando. Magia traviesa (Uno Editorial).

            Socia fundadora del Club Literario Petronio, que intenta fomentar la lectura y activar la vida cultural en su localidad, participa con sus cuentos y artículos en blogs y espacios literarios televisivos. Sus textos —principalmente relatos, artículos y poemas— aparecen en varias antologías de escritoras leonesas, como en el libro homenaje a Concha Espina publicado en 2018 y en un segundo publicado en 2020 sobre la misma autora. A Josefina Aldecoa en 2019; a Alfonsa de la Torre en marzo de 2020 y este año en el libro dedicado a la poeta berciana Manuela López. Así mismo, en el libro de autores bercianos que se editó con motivo de la entrega del Premio de la Crítica Literaria 2018, que tuvo lugar en Villafranca del Bierzo a primeros del mes de abril del año 2019. En 2021 ha publicado Vivir del viento, su primera novela para adultos, con la editorial Letra r y ha participado con uno de sus relatos en la antología Misterio en El Bierzo, de la editorial Más Madera.

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