Protagonista: MANUELA REJAS, ilusionista de la vida y la escritura

Por Mercedes G. Rojo

Sección: Miscelánea en rojo

Sábado, 26 de junio. 2021

Nuestra cotidianeidad está llena de pequeñas vidas que pasan por ella dejando una profunda huella en quienes entran en contacto con las mismas. Son pequeñas “grandes” historias ligadas a veces a lo artístico, a veces a lo social, a veces “simplemente” a lo humano. Vidas de personas anónimas que han sembrado de importantes momentos, de logros insospechados, aquellas otras con las que se han ido entrecruzando, dejando en ellas una imborrable estela. Lo mismo que un buen libro que deja un poso permanente en nuestro recuerdo, que un hermoso cuadro atisbado en la sala de algún museo o en las páginas de un catálogo de arte y que se fija para siempre en nuestra mirada, que unas bellas notas musicales deslizándose en nuestros oídos y nuestras emociones, que un paisaje vivido en un determinado momento de nuestra vida…, aunque no siempre esas personas hayan buscado dejar esa huella y crear su obra para transmitirla a los demás.  Son personas que han vivido su vida apoyándose en el arte, refugiándose en él como una forma de sobrevivir, de sacar de su más profundo interior aquello que llevan dentro, mostrándolo de una forma quizá un poco menos dolorosa de lo que lo harían de otra manera.

Una jovencísima Manuela, en su etapa de ilusionista.

Mi protagonista de hoy se llama Manuela Rejas y fue vecina de Veguellina de Órbigo (León) en el último tramo de su vida, donde la conocí.  Fue uno de esos seres en quienes edad física y estado de salud no se corresponden para nada con su espíritu.  No fue una mujer famosa pero su tesón y su fuerza interior hicieron que en los últimos años se viera reconocida en distintos medios sociales y artísticos, pionera en un campo poco proclive al protagonismo de las mujeres: el ilusionismo.  Ella conseguiría el primer carnet profesional de ilusionista otorgado en España a una mujer, (y además menos de edad), porque no sé conformaba con ser una simple partenair de mago, tras lo que se dedicó al mundo del espectáculo y el circo, principalmente como ilusionista, pero también como trapecista, rapsoda y otras modalidades circenses más, paseando su arte tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Su trayectoria quedaría recogida en el cortometraje “Violeta y el baúl americano”, un documental sobre su vida que se estrenó en numerosos festivales y otros eventos cinematográficos, con gran éxito de crítica y público.

Tenía también una  faceta literaria, la que la ayudaría a liberarse (sin olvidarlos nunca) de los fantasmas del pasado y a compartir con cuantos quisieron hacerlo su sencilla pero profunda filosofía de la vida. Era Manuela Rejas un personaje totalmente literario, una de esas personas que, como los protagonistas de algunas novelas, levantaba pasiones a su paso. O quedabas prendado de su fuerte personalidad o la aborrecías para siempre, incapaz de permanecer neutral ante su presencia. Era como la propia conciencia. Tenía la capacidad de hurgar en la llaga, de levantar ampollas, yendo siempre con la verdad por delante; alguien que leía en los otros mucho más allá de la simple apariencia, como la persona ciega que – sin apenas conocerte – te pregunta qué te entristece mientras los demás sólo son capaces de percibir la risa con la que te exhibes ante el mundo. Su personalidad, forjada por los reveses de la vida desde el mismo momento que vio la luz un día de 1924 en el madrileño pueblecito de Moralzarzal, con el disgusto de su  padre que esperaba un chico, fascinaba. Niña de la guerra,  las circunstancias (guiada por su empeño y su clara vocación artística relatadas en algunas de sus historias) la llevaron  a convertirse en la “ciudadana del mundo” en la que se reconocía,  rompedora de los esquemas con los que España marcó a las mujeres de su época; una mujer  llena de fuerza que pasó por  la vida aprovechando todo lo que ésta le ofrecía. Consiguió hacerse con las riendas de su existencia en un momento en el que las mujeres sólo llegaban a ser  lo que  padres, maridos, sacerdotes…, les permitían, marcándoles desde su nacimiento las pautas y el camino por el que transcurrir. Hija de una dura época, encontró en la literatura su refugio y su apoyo.

Escritora sencilla y autodidacta, su nombre no brillará nunca con grandes letras de oro en la Historia de la Literatura, pues su obra es apenas conocida por un pequeño círculo de personas cercanas, la obra de una mujer modesta pero que tuvo el suficiente arte para recoger en ella la fuerza y la valentía de quien luchó por hacer y expresar aquello que verdaderamente quería. Sus poemas, y principalmente sus relatos, tienen la fuerza de la experiencia, del dolor sufrido en carne propia, del sufrimiento observado a su alrededor;  un grito desesperado ante la venda en los ojos de una sociedad que ha elegido, como los tres  monos sabios de la cultura china, no ver, no oír y no hablar; el grito de una mujer valiente  que vio, oyó y no cayó, aunque a veces lamentara haber esperado demasiado para hacerlo más claramente.

Particularmente se consideraba una pésima poeta que se dejaba llevar por la emoción de los momentos, y se definía más bien como una rapsoda que compartía versos improvisados con su público. Pero la escritura, junto a los viajes y la lectura (que practicaba en todo momento, incluso de manera febril), fueron su refugio, una tabla de salvación que le permitió superar los momentos más duros de su vida iluminándola con un rayo de esperanza. Es cierto que su estilo no es muy depurado, como corresponde a una mujer sin más formación ni más estudios que los que le proporcionó la propia vida y su empecinado empeño, pero sus escritos están llenos de una fuerza vital que hace que sea casi imposible quedar impasible ante su lectura.

El último de sus libros publicados y el más valiente. Editado por la firma leonesa Ediciones del Lobo Sapiens

Manuela escribía desde siempre, encontrando en ello un verdadero refugio frente a las adversidades del día a día, el rechazo de su padre, la dura experiencia de la posguerra  y la necesidad (niña de la guerra en el lado de los perdedores), las enfermedades a las que el destino la sometió…  Contaba que, ya de niña, si estaba triste escribía historias fantásticas; si su ánimo estaba en alza escribía poesías (“malas, malas, malísimas”, decia…). Sólo de mayor, tras varias intervenciones de columna y operada a vida o muerte de un cáncer linfático con el que luchó día a día hasta el momento de su muerte, tuvo la satisfacción de ver editada parte de su obra, tres colecciones de relatos en los que se recoge la impronta de sus vivencias, confesando que casi todos tenían algo de autobiográfico: Historias infantiles (2001), Cuentos reunidos (2003) y Quince historias en carne viva (2006), el más comprometido, con sus experiencias más duras, en relación con la guerra; historias entre la realidad y la fantasía en las que deja traslucir lo blanco y lo negro de su existencia así como la enorme fuerza vital, el profundo deseo de vivir que siempre la acompañó.

En este recorrido literario, confesaba como pecado de vanidad haber sucumbido alguna vez a la tentación de los concursos, y alguno ganó. Numerosos galardones, pequeños pero importantes para alguien formada a sí misma, sin más posibilidades de educación que las lecturas y los empeños a los que dedicaba los pocos tiempos libres  que su dura vida y sus afanes familiares podían dejarle, siendo el mejor para ella, la vida, vivida “a tope” sin esperar lo que pudiera ocurrir mañana.  También reconocía como maravilloso premio que hubiera quien leyera sus escritos que se sintiera conmovido por ellos, que le despertaran algún recuerdo. Porque también escribía para recordar, pues consideraba que hay que mantener viva la memoria más allá de todo lo bueno o malo que te traiga la vida. Además de sus tres libros, dejó una amplia colección de poemas, la mayoría inéditos, y otra obra en prosa, Historia de una ciudadana del mundo. En todos ellos dejó marcada la  huella indeleble de una gran mujer, de una mujer valiente, que no olvidó su pasado y que se enfrentó a su futuro día a día, a veces con una sonrisa en la boca, otras con algún que otro juramento, pero siempre con la osadía de saberse una persona, una MUJER que se había hecho a si misma y a quien nunca le asustaron los retos.  Un canto a la vida y un ejemplo de fuerza creadora marcada por la edad y la experiencia.

Manuela Rejas recogiendo el último de los premios literarios recibidos. Por un relato, para al Asociación ALCLER de León.

Su último e  infinito viaje lo inició entre el anonimato diario y general en el que vivía y la profunda admiración de gran parte de quienes llegamos a conocerla apenas un poquito.Nada mejor para definirla y mostrarnos su valentía que el epitafio escrito por ella misma varios años antes de su partida (y del que me entregó una copia) con el que quizá pretendió mantener a raya a la muerte y con la que jugó al escondite mucho tiempo hasta que esta venció un mes de marzo de 2010, la acompañó en su último y definitivo viaje a través de las amadas aguas del Río Órbigo que tantas veces le sirvieron de refugio e inspiración:

Cuando leáis estas letras
sabed que las escribo 
con el alma en la boca.
El mejor homenaje que deseo
es pediros de todo corazón
que no lloréis mi muerte
que no dure la pena.
Pensad que yo parto contenta
pues viví una vida plena.
 Sé que en cada rincón 
yo estaré presente en vuestras vidas. 
Una rosa, un cuadro, una fotografía
os hablarán de mí constantemente.
Quiero pensar que mis palabras
sirven de homenaje y de cariño.
No lloréis por mí ¡Os lo suplico!
Me voy feliz, sin pena.
Ojalá, siguiendo mi consejo, 
seáis felices mirando mis recuerdos.
Además… yo no me iré del todo.
Seguiré volando por el aire,
por el sol, por las nubes. 
Al florecer las rosas, las robaréis
y las llevará el río…, pensaréis
en lo feliz que con vosotros he sido. 

4 comentarios en “Protagonista: MANUELA REJAS, ilusionista de la vida y la escritura

  1. Me alegra mucho, Pilar. Es cierto que -desde el punto de vista literario- a los textos le falta una corrección (más bien un repaso) estilística, aunque estoy convencida que el editor no lo hizo para no restarle la cercanía y la autenticidad que los textos desprenden.
    La persona (su autora) también te hubiera fascinado.

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