Lillian Gish, la actriz que nos dejó sin palabras. Por María Rodríguez Velasco

Sección: Fotogramas velados. La mujer en el cine

Lunes, 23 de enero. 2023

Lilliam Gish, un rostro de dulce aparencia a la vez que lleno de misterio.

Ahora, que todavía tenemos reciente la entrada en el nuevo año y esos buenos propósitos que nos planteamos después de las campanadas, me he acordado de los hermanos Lumière y el gran invento del cinematógrafo. Seguro que, cuando lo presentaron en 1895, no alcanzaron a imaginar la revolución que este hecho supondría; tampoco, cómo evolucionaría su hallazgo después de un siglo. Y es que los inicios, a menudo, son complicados, rudimentarios, sin bombo, ni platillo.

El cine nació sin voz, ni oídos. Fueron muchos los intérpretes que se atrevieron con un medio que, como cualquier novedad, suscitaba adeptos, pero también detractores. Entre ellos, destaca una estrella, “el lirio de la pantalla”, la incombustible Lillian Gish (1893-1993). Nació en Ohio y murió en Nueva York con casi cien años, más de un centenar de películas y una veintena de obras de teatro. Su verdadero nombre era Lillian Diana de Giche y comenzó en los escenarios junto a su hermana, Dorothy, a la edad de seis años. Al principio, por necesidad, ya que su madre y ellas atravesaban una precaria situación económica. Gracias a su amiga Mary Pickford (1892-1979), conoció a David W. Griffith, que quedó impresionado con su talento y el de Dorothy. De hecho, rodó doce películas con él, siempre tomándose muy en serio su trabajo y aprovechando el tremendo bagaje teatral de sus comienzos. Su primera cinta fue “El enemigo invisible” (1912), pero la fama le llegó con “El nacimiento de una nación” (1915), un clásico del cine mudo que cuenta de forma secuenciada y coherente una historia –y no mediante escenas sueltas, como hasta entonces-. Más tarde, vieron la luz “Intolerancia” (1916), “Corazones del mundo” (1918), “La culpa ajena” (1919) o “Las dos tormentas” (1920).

La hermanas Gisgh en «El enemigo invisible». 1912

Debutó como directora en 1920 con “Remodeling her husband”, una producción que se perdió y de la que actualmente no se conserva ninguna copia. Escogió como protagonistas a su hermana y a su cuñado, James Rennie. Contó con el ingenio de Dorothy Parker (1893-1967), la dramaturga y crítica de teatro, para escribir los subtítulos. Y ésta aceptó porque se trataba de un trabajo producido casi exclusivamente por mujeres.

Continuó su trayectoria de la mano de directores de renombre, como Henry King, en “La hermana blanca” (1923); o King Vidor, en “Vida bohemia” (1926), interpretando a la inolvidable Mimi. El propio Vidor estuvo muy preocupado al ver a la actriz tan entregada al preparar la escena en que agonizaba y moría, ya que se dedicó a ella de forma concienzuda y sin descanso. También, el sueco Victor Sjöström la dirigió en “La letra escarlata” (1926) y “El viento” (1928). Por entonces, Lillian había firmado un contrato con la Metro Goldwyn Mayer en el que exigía tener la posibilidad de elegir director y coprotagonista.

Inolvidable escena en «La noche del cazador» (1955)

Sin embargo, el cine sonoro fue abriéndose paso con rotundidad y ella decidió tomarse un descanso en la gran pantalla, ya que no confiaba en la trascendencia del revolucionario cambio. Tras un tiempo representando obras de teatro y después de la muerte de su amigo David W. Griffith, dio un paso adelante y continuó donde lo había dejado. Repitió junto a K. Vidor en “Duelo al sol” (1946). Su interpretación de Laura Belle McCanles le valió una nominación como mejor actriz secundaria al Premio Oscar. A Lillian ya no le interesaban tanto los papeles de siempre, sino aquellos que le suponían un reto, aunque ya no pensaran en ella como actriz principal. Son memorables “Jennie” (1948) o “La noche del cazador” (1955). En esta última, habiendo alcanzado ya la madurez, se la puede ver como una mujer valiente, dura, fuerte y resuelta, que defiende a unos niños de un falso predicador. Al parecer, Robert Mitchum no la quería como compañera de reparto porque le parecía una figurita frágil de porcelana, pero cambió de parecer cuando Charles Laughton lo obligó a visionar una de sus películas más conocidas. Comprendió de inmediato que podría eclipsarlo con tan sólo una mirada.

John Huston la reclamó para “Los que no perdonan” (1960), junto a Burt Lancaster y Audrey Hepburn (1929-1993); y Norman Tokar, para “Veinte docenas de hijos” (1966). Por “Los comediantes” (1967) fue nominada al Globo de Oro y con “Dulce libertad” (1986) se puso en manos de Alan Alda, ganador de dicho galardón en repetidas ocasiones. Es en 1971 cuando consigue el Oscar honorífico, sin retirarse aún de la profesión a la que se había consagrado. De hecho, su último film fue “Las ballenas de agosto” (1987), con noventa y tres años, junto a la musa Bette Davis (1908-1989). Hoy por hoy, sigue siendo la actriz que más años ha estado en activo.

Jeanne Moreau con Lillian Gish

Lillian Gish no dudó en participar en series de televisión, como “La hora de Alfred Hitchcock” y “Vacaciones en el mar”. Tampoco se negó a que Jeanne Moreau (1928-2017), la dama del cine francés, la entrevistara e hiciera de ello un documental de cincuenta y ocho minutos, titulado “Lillian Gish” (1983).

Muchas veces la industria cinematográfica estuvo a punto de apartarla, pero ella resistió. Se percató desde el momento en que Lionel Barrymore hizo de su abuelo, al principio; después, de su padre y, finalmente, de su marido. “Los hombres rejuvenecen, las mujeres envejecemos” afirmó, refiriéndose a Hollywood y sus estrictos cánones. Así sucedió con su belleza, que pasó de moda ante la vorágine de las curvas, el maquillaje y los retoques estéticos.

La imagen que se forjó fue de recatada e inocente, reforzada por los roles virginales que la posicionaron en su juventud. Olvidamos que se mantuvo como una superviviente, que las películas empezaron con ella, que se adaptó al sonido y al tecnicolor, que tomó el papel de hermana menor de Bette Davis siendo mayor que ella. ¿Quién no quisiera tener un poquito de su coraje y aptitud?


María Rodríguez Velasco. Escritora y actriz.

Nace, crece y, actualmente, vive en Aceuchal, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz. Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Neuropsicología y Educación por la UNIR. Colabora en la revista cultural digital Amanece Metrópolis reseñando obras de teatro, novelas y poesía; también, ha participado escribiendo relatos cortos en la sección de bloggers de la Editorial Acto Primero. Es integrante de la Asociación Acebuche-Teatro desde hace más de una década y ayudante de dirección en su cantera infantil. Ejerce profesionalmente como orientadora en los Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógica de la Junta de Extremadura, en diversos centros.
Apasionada del cine, la música, la lectura y el teatro, que le han aportado sosiego, sentido común y horizontes infinitos donde proyectar sueños y realidades posibles. La interpretación y el escenario le han permitido viajar lejos y profundizar en las entrañas de muchos personajes; en definitiva, explorar la inteligencia emocional.

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Un comentario en “Lillian Gish, la actriz que nos dejó sin palabras. Por María Rodríguez Velasco

  1. Ver así, toda junta, su trayectoria, es sorprendente. La escena de «La noche del cazador», una película que siempre me ha inquietado, es inolvidables. Gracias por rescatárnosla María. Deseando volver a repasar su filmografía.

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