El ejército romano bajo otra óptica

Por Emilio Campomanes

Sección: Con firma masculina/Invisibles en la Antigüedad.

Sábado, 1 de octubre. 2022

Dice un compañero, que los arqueólogos somos escépticos y suspicaces: hasta que no tocamos un hallazgo, no nos creemos nada. Eso sí, cuando hemos contrastado el hallazgo es difícil hacernos cambiar de opinión. Hoy les contaré un hallazgo que hicimos hace bastantes años y que me abrió los ojos en la cuestión de la “perspectiva de género” en Arqueología.

Uno de los grandes tópicos es que los ambientes militares romanos estaban restringidos a las mujeres (reconstrucción de los Principia de la Legio VII Gemina, por Alberto Díaz Nogal, en la “Guía del León Romano”)

Dice el mismo compañero, que los arqueólogos tenemos muy mala leche. La mía viene de fábrica y la profesión no me ha mejorado el carácter. Pero la mala leche del arqueólogo, viene porque somos muy escépticos. Para que lo entienda la gente de fuera de la profesión con una anécdota. Una de las pasiones favoritas de los arqueólogos era encontrar las contradicciones de las crónicas romanas, pasajes inexactos, inventados o absurdos, que los hay y muchos. En los años 70 y 80 muchos Historiadores de la Antigüedad creían a pies juntillas a los escritores romanos y los arqueólogos de entonces disfrutaron haciendo sufrir a sus colegas historiadores, que jamás se habían manchado los zapatos en el trabajo. Dicho esto, sin que se enfaden mis amigos historiadores de la Antigüedad.

Al grano. Hoy voy a contar ese hallazgo que me hizo caer de mi particular caballo, como a San Pablo. Ese caballo cómodo de las creencias y suposiciones que se han transmitido del profesor al alumnado y damos por hecho. Es un caballo confortable de lugares comunes, tópicos y topicazos que todo el mundo comparte, porque sí. Solo faltaba pararse un momento y pensar ¿y si están equivocadas?

 Les voy a contar el hallazgo que me permitió descubrir la Arqueología y la Historia bajo una perspectiva, para mí inédita hasta entonces.

Ideas preconcebidas.

Siempre se dijo que los campamentos legionarios eran espacios exclusivos. Solo para los hombres y dentro no habitaban mujeres cuyo espacio estaba reservado a los poblados alrededor de los cuarteles: las cannabae.

Los escritores romanos dejaban bien claro que cuando un gran general romano llegaba a un lugar donde la habían pifiado los colegas, léase Numancia o Germania, lo primero que hacía era poner orden en las tropas acuarteladas con respecto a las mujeres. Es un tópico que repiten muchos escritores, que para “restablecer” la disciplina había que alejar a los soldados de esposas, familias o de distracciones de peor consideración, en forma de tabernas o prostíbulos.

En otras palabras, la culpa de las derrotas de las legiones ante las murallas de Numancia las tenían las mujeres, que en un enorme número acompañaban a los ejércitos en campaña y quitaban el ardor guerrero a las tropas. Entiendan la ironía. Claro, que pasamos por alto que los numantinos defendían a sus familias, que los romanos, a miles de kilómetros de sus casas, no tenían nada en contra de los celtíberos, o que muchas veces se enviaban generales incompetentes. En fin.

En torno al cambio de Era el emperador Augusto, un moralista decidido, ordenó que los legionarios no se podían casar, para mantener alto su ardor guerrero y para que tuviesen muy mala leche. Solo al terminar su servicio militar y licenciarse podrían hacerlo. Esta drástica medida estuvo vigente hasta el siglo III cuando otro emperador, más complaciente con el ejército la derogó y permitió a sus tropas casarse.

La realidad, es que nadie hacía mucho caso a la norma. Muchos soldados tenían parejas y familias, con la diferencia de que no se habían casado legalmente. Daba igual, cuando terminaba su servicio en el ejército las parejas se casaban y los hijos se reconocían legalmente. En el caso de que el legionario falleciese antes era costumbre incluirlos en su testamento. Las inscripciones funerarias recogen la relación con los hijos o con las parejas con una gran variedad de eufemismos.

Un trabajo más

Buena parte de mi vida profesional ha transcurrido en la ciudad de León, excavando en el viejo campamento de la Legio VII Gemina, para hacer obras de todo tipo en su Casco Histórico. Y, en efecto, es muy raro encontrar objetos de uso femenino en las excavaciones. Por el contrario, en las ciudades romanas o en el poblado civil cercano al campamento aparecían objetos utilizados por mujeres.

Me refiero a objetos de adorno personal, como agujas para componer peinados, peines, pendientes, collares, etc. Hay diversos objetos empleados en el trabajo de tejidos (pesas de telar, fusayolas) consideradas actividades femeninas en la Antigüedad. E incluso objetos utilizados por los niños, que siempre se vinculan a la presencia de mujeres. Los niños son aún más difíciles de rastrear. Se trata juguetes y, raramente, aparecen biberones de cerámica, que son aún más raros en los ambientes militares.

En una ocasión excavábamos en una parcela donde se iba a construir una casa. Al alcanzar el metro y medio de profundidad habíamos llegado a las capas romanas y dimos con un edificio que jamás llegamos a identificar. La parcela donde trabajábamos era bastante pequeña y el edificio romano era mucho más grande, así que no tuvimos posibilidad de identificarle. Aún así localizamos los muros, una puerta y el suelo de una habitación romana. Cuando limpiamos el suelo observamos que faltaba un pequeño trozo, que se había reparado de forma muy tosca con piedras y trocitos de ladrillo, peor compactado que el resto del suelo.

Los trabajadores de la excavación, que eran veteranos y tenían oficio, rasparon bien aquella reparación e incluso lo sobre excavaron, con la suerte de descubrir una teja unos centímetros por debajo.

Seguro que hay algo más debajo, pensé. Y en la cabeza del arqueólogo empieza a desfilar un catálogo de probabilidades: ¿una conducción subterránea? ¿De agua? ¿De aire caliente? Es la fase de especulación, en la que rara vez se acierta. 

Así que, profundizamos otro poco más y salió toda la teja al completo. Una teja romana es algo diferente a las nuestras. Se llaman imbrices y son algo más altas que nuestras tejas árabes. La limpiamos y comprobamos que no había nada más cerca de ella. Una teja solitaria enterrada bajo el suelo de una casa en apariencia era absurdo ¿tendría algo debajo?

El proceso para levantar estas cosas es algo árido. Se limpia bien, se fotografía y se dibuja en un plano. Los trabajadores de la excavación, mientras tanto, avanzaban en otro lugar del sondeo, sin parar de preguntar cuándo podían levantar la teja. Ya saben, el momento de meter prisa y de tardar más en hacer el plano. Un poco más y retiramos el imbrex, que estaba fracturado ya que había sido un lugar de tránsito en época romana.

Bajo la teja había un hueco, sin rellenar de tierra. Vaya, es algo decepcionante, pensé sin saber que esperaba que hubiese para no decepcionarme. Era un hueco bajo la teja, húmedo y en el fondo había unos huesecillos minúsculos que no fuimos capaces de identificar de momento, de modo que los limpiamos con mucho cuidado utilizando herramienta muy pequeña, es decir, cuchillitos y pinceles de pintor.

Apareció el cuerpo de un bebé de apenas 50 cm. En realidad aparecieron sus huesecillos. Estaba tumbado de costado y aún tenía las piernas encogidas, en posición fetal. No se conservaba nada de la ropa, que suele desaparecer rápido, ni ningún objeto que le acompañase, que hubiese sido un buen hallazgo.

Hacía poco tiempo había nacido mi hijo y sabía bien la talla de un recién nacido, que apenas llega al medio metro al nacer, y solo en nuestras sobrealimentadas sociedades y en ocasiones pueden superar esta talla. También tengo que decir que, en mis circunstancias de entonces, hacer este trabajo me costó bastante a nivel personal. Con un niño pequeño en casa es inevitable empatizar con la situación de hace 2.000 años en esa familia romana, es inevitable…, en fin.

Excavaciones arqueológicas en ad Legionem (Puente Castro, foto del autor)

¿Es normal enterrar bebés en un edificio?

En la Antigüedad a veces se enterraban a los bebés que morían en el suelo de las casas. No es un hallazgo frecuente, es decir, no todos los hogares siguieron esta práctica, pero existe mucha literatura científica sobre hallazgos de este tipo en la Edad del Hierro y época romana. Hay hallazgos en viviendas de los castros del noroeste, en las viviendas de la cultura celtibérica y de la ibérica. Hay hallazgos en toda la Península y en Europa.

 No sabemos en qué consistía la creencia que llevaba a depositar al bebé bajo el suelo doméstico. Ni sus códigos, ni sus límites, ni el ritual que acompañaba el hecho, si es que existía alguno. Pero ahí están los bebés enterrados bajo los suelos de muchas viviendas.

Cuando he excavado cementerios de rito cristiano, en iglesias antiguas, siempre había un espacio dedicado para los niños. Se enterraban al margen de los adultos hasta más o menos los 10-12 años de edad, creo que porque no habían completado todos los ritos hasta la edad hasta ser del todo cristianos. Pero esto tiene poco que ver.

Creo que no todos los bebés que morían se enterraban en las viviendas, porque había una mortalidad infantil enorme. En una familia humilde podían morir 3 de cada 10 hijos nacidos en las primeras semanas de vida. Pero no todas las viviendas tienen bebés enterrados bajo el suelo.

Y hasta los 10 años de edad podían morir otros 3 de cada 10, de modo que morían la mitad de los niños nacidos o a veces más en familias humildes (6 de cada 10).  Sí, era una mortalidad escalofriante que hemos tenido en nuestro país hasta los años 40 del siglo pasado. Y se debe a falta de higiene, de conocimientos médicos, como los antibióticos y la inexistencia de las vacunas. La vacunas, sí, esas cosas que una parte de nuestra sociedad opulenta ahora rechaza.

Parir con dolor

Nuestro bebé en cuestión debía ser un perinatal según nos dijeron los antropólogos. Es decir, habría muerto momentos antes del parto, o bien durante el parto o bien en los meses posteriores. Por nuestra configuración biológica, el parto de los seres humanos es más difícil que en el resto de especies. El motivo, dicen los antropólogos, se encuentra en los orígenes de nuestra especie humana. Cuando comenzamos a caminar erguidos, lo que impuso cambios en todo nuestro esqueleto y en particular en nuestras caderas, que debieron reducirse de tamaño para poder caminar más tiempo de pie. Vivir sobre dos piernas nos dio cosas buenas, como un cerebro enorme, una inteligencia, etc., pero, a cambio, dejó a nuestra especie un canal del parto demasiado estrecho y la maldición de “parir con dolor”, lo que también provoca una mortalidad perinatal muy superior a cualquier otra especie.

Nuestro bebé pudo tener alguna complicación previa al parto. Quienes hayan tenido bebés habrán oído multitud de situaciones como venir con una vuelta del cordón umbilical o que el bebé no venga en la posición correcta para el parto: “venir de nalgas”. El momento del parto también es muy complejo. Y el primer año de vida es una carrera de obstáculos: que la madre tenga leche, que baje a tiempo sin que se deshidrate el bebé, que no haya ninguna infección, enfermedad, etc. En ese periodo de la vida la mortalidad era abrumadora, hasta el punto en que casi todas las familias sufrían alguna pérdida.

No existen cifras en época romana. En el siglo XIX casi la mitad de la mortalidad infantil se producía en los momentos en torno al parto. Y aunque en Roma la medicina estaba bastante avanzada, esta situación era la cotidiana.

De momento ya he divagado bastante. Les dejaré, devanándose los sesos y pensando qué narices hacía un chiquitín en medio del campamento de fieros legionarios. En la próxima entrega les iré contando los avances y algún retroceso en mis pesquisas para esclarecer este misterio.



Emilio Campomanes Alvarado

Licenciado en Arqueología e Historia de la Antigüedad y arqueólogo profesional durante 25 años, ha trabajado en la provincia de León y limítrofes, sobre todo en lugares de época romana como el anfiteatro, el acueducto o la Puerta Obispo de la ciudad de León, o el ad Legiomen (Puente Castro); también otros medievales como San Miguel de Escalada o la iglesia paleocristiana de Marialba de la Ribera, e incluso algunos modernos. Aunque la mayoría han sido relacionados con su especialidad en época romana, siempre ha mirado hacia los periodos difíciles, como la transición entre la Antigüedad y el Medievo.

Afirma haber muerto y haber regresado y desde entonces dice haberse “jubilado”. En ese momento es de las pocas veces que deja de hablar interminablemente. Aunque ser arqueólogo se lleva dentro y difícilmente dejará de sentirse tal. Tipo excéntrico –por si el lector aún no se había dado cuenta–, afirma que le gusta la enseñanza, para horror de los profesores de verdad, los profesionales. Imparte cursos, clases, talleres en el medio rural y afirma que le divierten mucho. Pero no se considera profesor y afirma haber sido rechazado en varias ocasiones para entrar en la enseñanza, lo cual honra un cuerpo serio como éste.

Ha publicado numerosos artículos de investigación en diversas revistas científicas y en congresos. Si a alguien le interesa aburrirse leyendo alguno, puede descargarlos aquí (https://independent.academia.edu/EmilioCampomanes). Pero desde hace unos años se ha pasado a la divulgación, que espera hacer con rigor, aunque su mayor interés es no aburrir al público lector, ni desde luego aburrirse a uno mismo. Fruto de su interés por la divulgación son dos libros “Guía del León Romano” y “El Legado de Roma en León”, ambos en la editorial Lobo Sapiens. Ha estado inmerso en un proyecto llamado “Hispanas”, recogiendo noticias de la actividad de las mujeres en la Hispania romana.

En la actualidad se encuentra inmerso en varios proyectos de los que se niega a dar información: “si cuentas tus proyectos se gafan”, afirma con voz seria.

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