La mujer como la piedra

Irene Fidalgo López

Sección: Escriben nuestras jóvenes

Viernes 16 de septiembre. 2002

Es muy probable que todos aquellos que sentimos una gran predilección por las disciplinas artísticas nos hayamos preguntado por la escasez de obras elaboradas por una mano femenina. Y, aunque en la pintura y en la literatura son muchas las voces que ya se han alzado para reclamar aquello que se le debe a la mujer, menos son aquellos que se han interesado por la labor de la mujer en una de las disciplinas artísticas quizá más denostadas en la historia del arte: la escultura.

American artist sculptor Harriet Hosmer ( 1830-1908) posing with sculpture. (Photo by: Geography Photos/Universal Images Group via Getty Images)

A poco que nos apasionen las disciplinas relacionadas con el arte (o que tengamos algún amigo con cierta inclinación hacia ellas) nos suenan los nombres de Auguste Rodin, Miguel Ángel, Gian Lorenzo Bernini o Salvador Dalí. Es posible que incluso lleguemos a conocer la obra o el renombre que han alcanzado David Černý (con sus polémicas obras como La estatua de San Venceslao, Los Bebés, Los hombres haciendo pis o El tanque rosa), Jaume Plensa (con esculturas zoomórficas de hierro fundido, resina o cristal), Jaroslav Róna (cuyo taller artístico se encuentra al lado de la tumba de Frank Kafka al que dedicó una escultura que se expone actualmente en la calle Dusni de Praga) o Antony Gormley (quien destaca por su Ángel del Norte y Another Place), pero tengamos serias dificultades pensando en mujeres escultoras que hayan alcanzado un puesto de importancia dentro de la disciplina (con excepción de la conocida Camille Claudel que cuenta con un museo en Francia y un reconocimiento internacional).

Pero lo que nos interesa preguntarnos es por qué la historia ha dejado de lado a mujeres tan importantes dentro del arte, y entre las que se encuentran Yayoi Kusama, Ana Mendieta, Cristina Iglesias, Remedios Varo, Judy Chicago o Jane Poupelet entre otras, quienes no encuentran representación en la gran mayoría de los museos, aunque (y con gran alivio) se puede observar como el mundo del arte se va abriendo progresivamente a una mayor incorporación de estas al panorama artístico.

Lola Mora trabajando en su estudio con un modelo masculino

Las razones de la escasez de nombres femeninos dentro del arte escultórico se debe, en gran parte, a que esta nunca fue una disciplina ornamental ni estética apropiada para los gustos y el refinamiento que debían tener las mujeres. Esto, unido a la dureza de los materiales que debían ser trabajados y que involucraba una fuerza física constante, además de la naturaleza de los desnudos dentro de la escultura, alejó en gran medida a las mujeres que mostraron una inclinación hacia la escultura (o la sociedad se afanó en distanciarlas de sus pretensiones). Sin embargo, aunque nos puedan parecer suficientes estos motivos para la falta de mujeres en el campo, estos no fueron ni mucho menos los más determinantes. La dificultad de las técnicas de modelado y de talla (a las que no tenían acceso dentro de los talleres masculinos), la falta de conocimientos biológicos y de anatomía necesarios para la representación corporal y su estigma dentro de la sociedad (pues a las mujeres hasta finales del siglo XIX no se les permitió la práctica de la representación del desnudo natural), el alto precio de los materiales que necesitaban para sus obras y que requería de mecenas acaudalados que apoyasen sus obras, la falta de un taller propio o de su inclusión dentro de un grupo guiado por un maestro escultor debido a su naturaleza femenina y la falta de encargos privados que abalasen su fama dentro del mundo escultórico, fueron muchos de los condicionantes que algunas de las primeras escultores tuvieron que hacer frente, impidiendo los progresos y el reconocimiento de muchas otras que no lograron hacer frente a algunas de estas dificultades. Luisa Roldán es un claro ejemplo de estas circunstancias, pues debido a la falta de apoyo concedido a las mujeres artistas durante el siglo XVII, se vio apartada de los grandes talleres, produciendo obras con materiales pobres y de pequeño tamaño como los Primeros pasos de Jesús. No sería hasta casi tres siglos más tarde que las primeras mujeres escultoras comenzarían a despuntar en esta disciplina, guiadas por las premisas de libertad y del espíritu creador que el Romanticismo otorgó al desarrollo de las artes. Así, algunas realizarían obras de gran calidad y monumentalidad como Harriet Hosmer o Rebeca Matte, mientras que otras conseguirían un taller propio para sus trabajos como Lola Mora o Marga Gil Roësset, dedicándose bien a la escultura religiosa bien a la lúdica, la cual comenzaba a dar los primeros pasos de la mano de estas mujeres excepcionales.

Una jovencísima Marga Gil Roësset trabajando en una de sus obras.

Irene Fidalgo López, es una joven escritora que tras estudiar el grado en Lengua española y su literatura en la facultad de León, actualmente se encuentra cursando un Máster en Formación del profesorado. Su interés por la literatura de lo insólito la ha llevado a colaborar en las residencias de verano con el grupo GEIG de literatura de la universidad de León.

Interesada por la lectura y escritura desde una edad temprana, comenzó su andadura por el mundo literario de su ciudad natal recitando en el Ágora de la Poesía y uniéndose posteriormente al joven colectivo #PLATAFORMA, con quienes ha participado en diversas performances poéticas y en publicaciones colectivas. Además ha participado también en las antologías colectivas de escritoras leonesas dedicadas, con motivo del 8 de marzo, a diversas escritoras como Josefina Aldecoa (2019) Alfonsa de la Torre (2020) Manuela López García (2021), así como en diversos encuentros como Escritores por Ciudad Juárez – León o la celebración del Día de las Escritoras, también en León.

Recientemente ha publicado su primer poemario Tiempo en calma con la editorial Mariposa Ediciones. 

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