Los viajes de Egeria

Por Emilio Campomanes

Sección: Con firma masculina/Invisibles en la Antigüedad

Sábado, 16 de julio. 2022

Con el verano y del calor llega la hora de los viajes y las vacaciones. Hoy trataré sobre viajes y mujeres en la época romana.

Retrato de mujer romana procedente de la necrópolis egipcia de El Fayúm

En la anterior entrada trataba sobre las termas romanas y terminaba con las prohibiciones del cristianismo que cerraban el acceso de las mujeres a los baños y declarados lugares pecaminosos. Es solo un síntoma de unos tiempos que cambiaban y el cristianismo fue una palanca más de una sociedad que perdía cierta libertad y que a las mujeres las afectó de forma más radical. En realidad, la sociedad de los siglos IV y V cambiaba en su conjunto y aupaba a una nueva religión que convergía con sus nuevos puntos de vista.
El cristianismo limitó con dureza a las mujeres, las hizo aún más invisibles de lo que ya eran y las trató con desprecio en muchos de sus escritos. Con la excepción de las más devotas que abrazaban los preceptos de la nueva iglesia.
Pero en los primeros siglos del cristianismo la antigua libertad de acción de las mujeres siguió vigente, aún con muchos impedimentos. Los hombres de la iglesia no quisieron indisponerse con un numeroso sector de la sociedad, que en muchos casos abrazaron con fervor la nueva fe, fueron protectoras y promotoras de templos y edificios. Hay un cierto número de mujeres aristócratas y que dirigían los negocios familiares bien conocidas gracias a los textos cristianos que relataban sus cuantiosas donaciones.

Egeria de Gallaecia

Es un personaje sobre el que han corrido “ríos de tinta”. Ha dado pie a muchos estudios serios, novelas, suposiciones, invenciones… Pero ante todo es un gran ejemplo de una mujer de la Antigüedad que ilustra los límites de las convenciones y  sus rupturas.

Y a pesar de lo que se sabe, se desconoce mucho. Para empezar su nombre ya que se recogen diversas variantes como Aetheria, Echeria, Etheria, Heteria y Eiheriai. Se ha tomado el de Egeria por ser el más habitual y es el nombre que utilizaré.

Es famosa por su viaje a Tierra Santa a finales del siglo IV. Famosa por la redacción de su libro de viajes en el que nos narra su experiencia. Y famosa por ser la primera escritora hispana conocida. Advertirán que siempre diré “hispana”, el término adecuado para época romana, porque Egeria era originaria de la provincia hispanorromana de Gallaecia, que no solo era la actual Galicia, a pesar de su nombre. La capital era Bracara (la actual ciudad de Braga, en Portugal), se extendía desde el Atlántico hasta algún lugar impreciso de la meseta norte, incluida la actual León, Asturias y buena parte de Zamora. Es decir, no solo la actual Galicia.

La provincia romana de Gallaecia no abarcaba solo a Galicia, sino que incluía buena parte de Asturias y León.

Es todo cuanto sabemos sobre su procedencia. La rivalidad actual por atribuir el origen de personajes ilustres hace que se haya afirmado que fue gallega, leonesa, berciana o portuguesa sin demasiadas pruebas. Y tampoco me resulta demasiado relevante.
Lo que sabemos con seguridad es que era una mujer de alta alcurnia. Ello la permitió un viaje desde su tierra natal hispana hasta Tierra Santa, que era atravesar medio mundo. Su estancia una vez allí duró varios años, hacia los años 381 y 384 d.C. Viajaba con un nutrido séquito, incluso con sus libros sagrados y sin problemas económicos a pesar de los años que duró su peregrinación. El libro que escribe delata tener muy buenas relaciones con el poder, porque en algunas ciudades fue recibida por sus obispos, o bien era escoltada por grupos de soldados dada la peligrosidad de algunas zonas que visitó. Eso no estaba al alcance de todo el mundo y algunos historiadores piensan que fuese familiar del emperador Teodosio, quizá gracias al origen hispano de ambos. Aunque de momento quedará en el campo de la sospecha.
Finalmente, la tradición cristiana ha llegado a afirmar que se tratase de una monja, pero tampoco está claro, porque en su texto alude a “sus hermanas”, para las que escribe el libro y ha dado pie a pensar que se tratase de una comunidad monástica femenina. Pero en el siglo IV las comunidades monásticas eran muy raras y no se conocen en Hispania. Es posible que “hermanas” pueda tener otro significado. Como vemos, muchas suposiciones y pocas certezas.

Asomando entre las brumas

Egeria de Gallaecia es un caso interesante dentro las mujeres de la aristocracia romana, fervorosas cristianas, que disfrutaban de la relativa libertad de movimientos de la Antigüedad de la que vengo tratando. Aunque su sociedad estaba llena de límites, normas y convenciones sociales –esas cadenas invisibles–, en la práctica permitió hacer muchas más cosas de las que se suponía.

Egeria casi había desaparecido en la historia, sin duda por su condición de mujer, que restaba mérito a cualquier logro. Su proeza fue emprender un viaje que la llevó desde una esquina del mundo, el noroeste de la Península, hasta el otro extremo del Mediterráneo, en la frontera opuesta del Imperio Romano. Los viajes y el tiempo en la Antigüedad tenían una escala muy diferente a la nuestra. Un vuelo en avión de España a Turquía se hace en unas horas, pero en el siglo IV tardaría en cubrirse meses. De modo que, el tiempo de estancia, una vez alcanzado el destino, debería ser largo. Y Egeria estuvo en Tierra Santa dos años recorriendo todo tipo de lugares.

En su tiempo Egeria ya debió ser una mujer famosa, un hecho poco común. En la Gallaecia debió ser una gesta que aún se recordaría doscientos años más tarde. San Valerio, monje del Bierzo, en una carta escrita en el año 680 a otra comunidad de monjes recordaba y ensalzaba a Egeria en términos de su fe y su devoción:

«Esta bienaventurada monja Egeria, consumida por la llama del deseo de la gracia divina, con el sustento de la majestad del Señor, emprendió un largo periplo por todo el orbe, con todas sus fuerzas y su corazón intrépido. Así, avanzando poco a poco bajo la égida del Señor, llegó a los sacratísimos y anhelados lugares del nacimiento, pasión y resurrección del Señor y hasta los cuerpos de mártires esparcidos por diversas provincias y ciudades para orar ante ellos y alimentar su devoción.”

Las palabras de San Valerio nos hacen pensar que debió ser un acontecimiento memorable y un personaje importante de la vieja provincia romana. Pero el libro que escribió Egeria, titulado Peregrinación a Tierra Santa, se perdió y con ello se dudó que el personaje fuese real y que las palabras de San Valerio fuesen una invención, como otras muchas que circulaban.

Egeria sufrió la invisibilidad de muchas otras mujeres, condenadas a un descrédito por motivo de su género. Pero en el siglo XIX apareció el libro que confirmó la veracidad del relato y añadió todo tipo de detalles sobre su viaje. Alguien en un monasterio, con toda probabilidad el de Montecassino en Italia, consideró que el texto merecía ser copiado y pasar a la posteridad. No sabemos el motivo, pero estamos de acuerdo en que valía la pena. No es una cuestión baladí. Era un proceso muy caro por los materiales necesarios (tinta y pergamino) y bastante largo al ser copiado a mano palabra por palabra. No estaba al alcance de todo el mundo.

¿La primera escritora Hispana?


Entrar en consideraciones sobre las mujeres en la literatura greco-romana merecería un capítulo propio. Tal vez me anime, pero no es mi especialidad y temo patinar, así que solo voy a aportar unas pinceladas.
Mujeres escritoras en la Hispania romana solo conocemos a Egeria, que ocupa su espacio entre un puñado de nombres como Séneca, Lucano o Marcial. Tampoco se conocen muchas escritoras en el mundo romano, aunque sabemos que existieron más de las que se conocen. Por ejemplo, Plinio a finales del siglo I d.C. alude a varias escritoras de su época. Alguna de ellas, afirmaba, escribía con tal calidad literaria, que dudaba que sus textos fuesen de mano de una mujer. Sin más comentarios.
La realidad parece que no da la razón al comentario de Plinio. Si en su época había un número de mujeres con interés en escribir, se puede extrapolar que en el resto de generaciones fuese similar. Pero el resultado es que se conserva solo un escaso número de autoras. Con seguridad la literatura de la Antigüedad fue mucho más rica. Se estima que solo han sobrevivido un 10% de todos los textos clásicos. Han sido más afortunados los de lengua griega que latina, cuya conservación es peor. Y sin duda, las peor paradas fueron las autoras romanas, cuyas obras han desaparecido en la práctica totalidad.
Entre las clases acomodadas la educación incluía leer, escribir y conocer las grandes obras de la literatura. Algunos aristócratas e incluso emperadores hicieron sus poemas, con mayor o menor fortuna, y esta afición pudo ser común a las mujeres. Pero ya hemos visto como sus coetáneos, como Plinio, dudaban del talento de las mujeres. Así que, podemos pensar que otras mujeres hispanas escribirían sus textos y que estos han desaparecido de la Historia.
Quizá esta explicación tan larga, nos permita apreciar el enorme interés de la obra de Egeria, la primera escritora conocida de Hispania.
Sin duda Egeria fue una mujer culta. Como todas las mujeres de alcurnia debió recibir una esmerada educación, que iba más allá de saber leer o escribir. Se conocían las grandes obras de su tiempo y en su caso se conocía los textos sagrados al dedillo, incluso viajaba con sus libros y cuando llegaba a un lugar leía los pasajes alusivos.
Su libro tiene bastante interés, según los críticos. Aunque existen otros libros de viajes, todos ellos redactados por varones, su obra es bastante original, ya que es la primera escrita en forma de diario de viaje. También se valora su estilo. Es un latín vulgar, en tránsito hacia las lenguas romances, bastante influido por el estilo poco pulido del que hacían gala de los escritores cristianos. Egeria tiene un estilo bastante directo y claro, con no pocos guiños hacia sus lectoras y hace gala de un gran sentido crítico hacia muchos atractivos que se mostraban en los Lugares Santos y que no eran del todo auténticos. Entonces se empezaba ya a timar a los turistas incautos con reclamos falsos. No es nuevo de ahora, ni de antes.

El mosaico de Madaba es el mapa más antiguo de Jerusalén, señala muchos lugares que visitó Egeria.

El viaje


Desde Hispania a Constantinopla el recorrido era toda una aventura. Hay tramos por tierra entre Hispania e Italia, en las calzadas romanas, pero era peligroso ya que existían problemas de bandidaje en muchas zonas del Imperio. Embarcó hasta Constantinopla, la capital del Imperio romano de Oriente, pero el viaje por mar también era muy peligroso. Solo se podía navegar determinados meses de buen tiempo y aún así era común que una tormenta hiciera naufragar los barcos.
Debió llegar a Constantinopla en el año 381 y desde allí comenzó su periplo por Tierra Santa. El primer lugar que visitó fue Jerusalén donde se quedó a vivir para partir desde allí a otros lugares santos como Belén, Jericó, Nazaret, Galilea o Cafarnaúm. El año 382 recorrió Egipto debido a la fama de santidad de muchos hombres de su iglesia. El último año viajó por el Mar Rojo, el Sinaí, lugares del Antiguo Testamento y partió hacia Siria y Mesopotamia, pero no pudo ir más allá hacia Persia ya que se le denegó el permiso. Regresó a Constantinopla, donde termina el libro y afirmando que retornaba a su tierra natal.

Egeria ha sido y es un personaje que ha despertado admiración desde varios puntos de vista. Sobre todo como mujer. Todos los autores que se acercan a su semblanza destacan su independencia. Quizá sea una imagen que ha salido de las brumas del ostracismo silencioso al que se ha condenado a las mujeres en el pasado. Es posible que hubiese muchas otras con talento, decisión, viajeras…, pero muy pocas han tenido la misma fortuna que Egeria, así que nunca está de más recordar los diversos motivos por los que aún recibe admiración, como en el remoto siglo VII.


Emilio Campomanes Alvarado

Licenciado en Arqueología e Historia de la Antigüedad y arqueólogo profesional durante 25 años, ha trabajado en la provincia de León y limítrofes, sobre todo en lugares de época romana como el anfiteatro, el acueducto o la Puerta Obispo de la ciudad de León, o el ad Legiomen (Puente Castro); también otros medievales como San Miguel de Escalada o la iglesia paleocristiana de Marialba de la Ribera, e incluso algunos modernos. Aunque la mayoría han sido relacionados con su especialidad en época romana, siempre ha mirado hacia los periodos difíciles, como la transición entre la Antigüedad y el Medievo.

Afirma haber muerto y haber regresado y desde entonces dice haberse “jubilado”. En ese momento es de las pocas veces que deja de hablar interminablemente. Aunque ser arqueólogo se lleva dentro y difícilmente dejará de sentirse tal. Tipo excéntrico –por si el lector aún no se había dado cuenta–, afirma que le gusta la enseñanza, para horror de los profesores de verdad, los profesionales. Imparte cursos, clases, talleres en el medio rural y afirma que le divierten mucho. Pero no se considera profesor y afirma haber sido rechazado en varias ocasiones para entrar en la enseñanza, lo cual honra un cuerpo serio como éste.

Ha publicado numerosos artículos de investigación en diversas revistas científicas y en congresos. Si a alguien le interesa aburrirse leyendo alguno, puede descargarlos aquí (https://independent.academia.edu/EmilioCampomanes). Pero desde hace unos años se ha pasado a la divulgación, que espera hacer con rigor, aunque su mayor interés es no aburrir al público lector, ni desde luego aburrirse a uno mismo. Fruto de su interés por la divulgación son dos libros “Guía del León Romano” y “El Legado de Roma en León”, ambos en la editorial Lobo Sapiens. Ha estado inmerso en un proyecto llamado “Hispanas”, recogiendo noticias de la actividad de las mujeres en la Hispania romana.

En la actualidad se encuentra inmerso en varios proyectos de los que se niega a dar información: “si cuentas tus proyectos se gafan”, afirma con voz seria.

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