Las mujeres, la escuela y la sociedad: «Anne with an E»

Por Irene Fidalgo López

Sección: Escriben nuestras jóvenes

Viernes, 24 de junio. 2022

A aquellos lectores que os hayáis acercado a alguno de mis otros artículos, no os sorprenderá que trate una vez más la visión sobre la mujer desde la gran pantalla. Esta vez creo conveniente hablar de la serie de Netflix Anne with an E, pues, a pesar de las innumerables críticas positivas que ha recibido (y también de las negativas que no han tardado en aparecer), creo que se debería tratar su contenido desde una visión amplia de la sociedad a finales del siglo XIX en comparación con la actual, revisando las posibilidades que la serie puede ofrecer.

Como futura docente en formación, considero imprescindible conseguir llegar a los alumnos desde las plataformas que conforman su realidad, y, puesto que Netflix es, sin lugar a dudas, una de las elecciones favoritas de muchos telespectadores, resulta de mucha utilidad a la hora de presentar todo tipo de contenidos a los alumnos, desde analogías temáticas hasta la posibilidad de abordar nuevas visiones sobre diferentes contenidos trasversales. Así llegué hasta la serie Anne with an E, encumbrada por algunos espectadores y rechazada por otros que habían accedido a ella por ser una revisión de los famosos libros de Lucy Maud Montgomery. A pesar de que me gustaría explorar en el artículo, de una forma muy breve, las divergencias entre la novela de Ana la de las Tejas Verdes y la serie de Netfllix, considero que eso lo alargaría en exceso y no aportaría material de valor a la visión en la que se centra este.

Anne with an E es la historia de una niña huérfana que, después de años de maltrato físico y psicológico en el orfanato en el que vive y haber sido sirvienta en varias casas de acogida por un tiempo (y gravemente abusada en algunas de ellas), es adoptada por dos hermanos en una granja de la Isla Edward en Canadá. En la sociedad en la que debe vivir nuestra protagonista, a finales de 1890, se enfrenta a un gran problema para su abierta personalidad: el conservadurismo de finales del siglo XIX.

Resulta refrescante que las ideas más progresistas de esta serie aparezcan en la boca de una niña de no más de trece años, sin formación escolar y con un grave problema de estrés postraumático por sus años de maltrato por parte de sus pares en el orfanato. Aunque pueda parecer contradictorio en un primer momento, e incluso invite a que las críticas puedan acuñar esta decisión de la producción de irrealista, considero que es extremadamente efectiva para llevar al aula. Los alumnos actuales no se verán incluidos en el mundo de Anne, pero sí que lo harán a través de sus palabras. Y es que nos estamos olvidando de una de las cuestiones más debatidas de la serie, y que es esencial para comprender el papel feminista que aparece en boca de nuestra huérfana pelirroja: se cimenta sobre una novela infantil-juvenil. Por esta razón resulta tan sorprendente encontrarse con una mente tan abierta y marcadamente intelectual en la protagonista, pero, al tener en cuenta que esta serie se dirige a un público joven e infantil, la mirada se debe volver más comprensiva. Los adolescentes necesitan verse reflejados para que los mensajes puedan llegar hasta ellos, y una de las formas más efectivas de captar su atención es poner en primer plano a un semejante, a un niño o un adolescente en el que se puedan ver ellos mismos a través de sus ojos.

Superado, pues, este primer inconveniente sobre la falta de realismo en la figura de Anne (al servir al propósito de acercamiento del personaje a la audiencia), es de enorme interés centrarnos en la cuestión feminista.

Anne, tal y como se había mencionado anteriormente, es una niña lectora con un alma de poeta que no encuentra ningún temor a la expresión de su propia personalidad romántica y fantasiosa, algo que a lo largo de la serie le acarrea algunos infortunios. Su visión de la sociedad que le rodea es tanto pretérita, por su adhesión al movimiento romántico que azotaba la literatura del momento, como terriblemente avanzada a su tiempo, a su condición de mujer y a su edad. Ya bien sean las innumerables citas de escritores (entre las que se encuentra en múltiples ocasiones Jane Austen) que Anne se empeña en incluir en su conversación diaria, ya bien su jovial y complicado registro psicológico, todo ello la hace un personaje muy entrañable. Y lo cierto es que esta niña rompe con todas las barreras impositivas de la sociedad en la que vive, concienciando de numerables valores éticos y morales que, por desgracia, se necesitan recordar también en el mundo en el que vivimos actualmente. Así, es capaz de defenderse ante el acoso de un muchacho de la escuela, enarbola frases tan memorables como «las faldas no son una invitación» ante el comportamiento machista de los muchachos del pueblo, prueba que las mujeres pueden ser tan inteligentes como los hombres en la escuela, considera que la menstruación no debería ser un tema tabú y es capaz de comprender con la razón y el sentimiento: «aprendí cosas sobre el amor. No es igual para todo el mundo. Puede existir de muchas formas, ¿y cómo puede haber algo malo con una vida si se vive con una persona que se ama?».

A pesar de los intentos de la sociedad rural en la que vive por amoldarse a una forma de comportamiento: asistir a misa los domingos y no beber vino porque es pecado; ser una hija obediente que aspira al matrimonio y no a la formación intelectual; obviar los comportamientos discriminatorios y vejatorios de los chicos de la escuela y del propio maestro, Anne se rebela contra todos ellos con una posición feminista, consciente de su propia valía y con un respeto y una tolerancia que hace de esta serie un imprescindible, ya no solamente como objeto educativo para formar en elementos transversales a los alumnos de secundaria, sino para el mundo en el que vivimos y que, desgraciadamente, no tiene aún muy bien asentados (al contrario que nuestra protagonista) algunos de los principios básicos que mueven al ser humano a la superación de sí mismo: la solidaridad, la aceptación, la no discriminación, la negación de la violencia, la igualdad y el rechazo al racismo, todo ello condensado en una serie de capítulos de una increíble belleza y ternura, con una banda sonora magistral.


Irene Fidalgo López, es una joven escritora que tras estudiar el grado en Lengua española y su literatura en la facultad de León, actualmente se encuentra cursando un Máster en Formación del profesorado. Su interés por la literatura de lo insólito la ha llevado a colaborar en las residencias de verano con el grupo GEIG de literatura de la universidad de León.

Interesada por la lectura y escritura desde una edad temprana, comenzó su andadura por el mundo literario de su ciudad natal recitando en el Ágora de la Poesía y uniéndose posteriormente al joven colectivo #PLATAFORMA, con quienes ha participado en diversas performances poéticas y en publicaciones colectivas. Además ha participado también en las antologías colectivas de escritoras leonesas dedicadas, con motivo del 8 de marzo, a diversas escritoras como Josefina Aldecoa (2019) Alfonsa de la Torre (2020) Manuela López García (2021), así como en diversos encuentros como Escritores por Ciudad Juárez – León o la celebración del Día de las Escritoras, también en León.

Recientemente ha publicado su primer poemario Tiempo en calma con la editorial Mariposa Ediciones. 

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