Feminismo y literatura

Por Mercedes Fisteus

Sección: Escriben nuestras jóvenes

Viernes, 3 de junio. 2022

La relación entre feminismo y literatura es tan estrecha que existió antes de que se hablara del movimiento y, desde luego, antes de que manejáramos el concepto de literatura. Por eso hablar de mujeres y sector editorial es redundante, a pesar de que aún hoy tengamos que luchar contra estereotipos y obstáculos inmerecidos. Como creo que la mejor manera de honrar a las mujeres es nombrándolas, vamos a hacer un viaje por la Historia mientras añadimos algunas consideraciones.

Para ir por orden y hablar con propiedad sobre las mujeres y la literatura, no puedo sino comenzar por la primera voz literaria de la Historia, con mayúsculas: Enheduanna, una sacerdotisa sumeria que inventó la escritura antes que cualquier otro ser humano, hombres incluidos. Esta mujer decía escribir por voz de su diosa, Innana, pero hoy sabemos que la voz de las escritoras es solo de ellas, tengan la inspiración que tengan. Luego vendrían otros nombres que solemos olvidar: la poeta (que no poetisa) griega Safo de Lesbos – que ya fue visionaria antes que Verne al decir aquello de “aunque solo son aliento, las palabras que digo son inmortales” o cuando aseguraba que “alguien se acordará de nosotras en el futuro” –  o Sulpicia la Mayor, que curiosamente también dominó uno de los géneros más complicados en literatura: la poesía, que siempre cobra forma distinta en cada lector.

En nuestra península, la primera escritora conocida es Egeria, una hispanorromana del siglo IV – posiblemente del Bierzo – que inició lo que hoy se llama “literatura de viajes”, llegando a pisar Jerusalén mientras documentaba toda su marcha desde Gallaecia. Nada más y nada menos que la primera exploradora, cuya obra sirvió para averiguar asuntos históricos en cuanto a territorio y evolución de la lengua.

Podemos hablar también de Hildegarda de Bingen, la “Sibila del Rin”, que mediante la escritura nos dejó valiosos conocimientos naturalistas y médicos en papeles que sobrevivieron a los tiempos, narrando sus averiguaciones con un lenguaje heredado de las Escrituras, que es una de las mayores muestras de habilidad literaria que tenemos. De ella me gusta leer sus reflexiones sobre los efectos de las plantas, algo que utilizamos hoy en día. Porque el género didáctico es uno más. Y como ella hubo otras, como la Venerable Dama Cao, erudita china que nos dejó un legado de conocimiento a través de una obra harto influyente.

También hemos sido pioneras en otros aspectos: Dhuoda de Septimania fue la primera persona en publicar un tratado pedagógico que data de la Edad Media, dirigido a su hijo para su enseñanza. Lo escribió sola en su castillo, en ese espacio “propio” del que luego hablaría Virginia Woolf, y seguiría una línea que luego se repitió con Christine de Pizan: valerse de sus medios privilegiados para dedicarse a una noble labor, pues Christine sería la primera mujer en vivir de la escritura con su obra La ciudad de las damas, en pleno siglo XV, defendiendo ya entonces la situación subordinada de las mujeres. En España, la primera mujer en poder vivir de su literatura fue Concha Espina, que en el siglo pasado llegó a ser propuesta para el Premio Nobel en varias ocasiones por obras como La esfinge maragata. ¡Pero adivinad qué! Como su hijo estaba relacionado con el régimen su nombre fue prohibido en muchos lugares al llegar la democracia, obviando el tremendo talento que ella desbordaba. La cultura de la cancelación se ceba especialmente con ellas, lo vemos hoy con Rowling o con Atwood, pero no lo vimos tanto con Neruda (y que conste que no estoy de acuerdo con la cancelación en ningún caso).

¿Por qué, entonces, solo nos acordamos de las Brontë, de Austen, de Santa Teresa de Jesús o de Pizarnik? Todas merecen su espacio, su lugar en la Historia, porque a bastantes nos han quitado ya. Nos las han quitado de cuajo, olvidándolas del todo, ocultándolas bajo pseudónimos masculinos o “anónimos”. Fernán Caballero era en realidad Cecilia Böhl porque escribir no era labor de mujeres, a pesar de que tal labor empezó con ellas.

Las han ocultado, también menospreciando sus narrativas. ¿Somos, realmente, románticas? ¿Es romántico escribir sobre la condición humana, sobre un fenómeno social, sobre las verdades del mundo, sobre los entresijos del amor en sus variables formas? ¿Se les denomina así a Cortázar o Benedetti? Incluso si así fuera, nos olvidamos rápidamente de todo lo demás; hubo un trío de mujeres pioneras en la novela moderna, pero han sido despreciadas por tratar el amor y la mujer en sus temáticas, la exploración de nuestra sexualidad: apodadas ahora como “el justo triunvirato del ingenio”, ellas fueron Eliza Haywood, Delarivier Manley y Aphra Behn.

No veo por qué ellos no son capaces de apuntarse a un curso sobre escritoras leonesas del siglo XX, por ejemplo

(esto lo he vivido yo misma en mis carnes)

Nótese que no dejo de dar nombres porque esa es mi manera de honrarlas, porque nosotros solo tenemos un nombre en la vida y no es solo una manera de referirnos, sino de identificarnos, de recordarnos. Cuando se borra un nombre o un retrato, se borra a esa persona de la historia como si de un hechizo se tratase. Parece que incluso tenemos que hablar siempre de otras cosas, no podemos hablar de nosotras mismas. Por eso quizá pocos hombres reproducen a Gloria Fuertes como lo hacemos nosotras, por eso pocos hombres van a presentaciones de libros de autoras. Más con todo, nosotras siempre hemos ido más allá, escribiendo sobre la guerra o la tradición, temas que nos permitían sobrevivir a todos. Decía Rigoberta Menchú que la literatura era el mejor medio de recuperación histórica, así que no veo por qué los hombres no pueden acudir a la presentación de libros-homenaje a ciertas escritoras. No veo por qué ellos no son capaces de apuntarse a un curso sobre escritoras leonesas del siglo XX, por ejemplo (esto lo he vivido yo misma en mis carnes).

Y no formamos parte de extremismos, que conste. Rosa Montero ya lo dijo: el feminismo ya ha conseguido mucho, pero tenemos que seguir andando todos juntos, no solo nosotras. Las mujeres siempre han sido las grandes oradoras, las que recogían la historia sino escribiendo, narrándola. E incluso hay autoras hoy en día manifestándose no en contra del movimiento, sino de la nueva ola feminista que estamos viviendo. Autoras con las que yo suelo identificarme, como Loola Pérez con su Maldita Feminista. Porque ni siquiera las modas políticas pueden callar la libertad crítica que nace en las mujeres, y esa es la razón de que hoy en día tengamos estos pocos nombres. Además de que la alta literatura debe ser un espacio libre de estas modas, pues debe ser atemporal y dedicarse a la reflexión o la postulación. Lo importante, siempre, es contribuir, no etiquetarse. ¡Y nosotras también podemos ser agresivas, también podemos, por ejemplo, movernos en el género negro! Que se lo digan a Fernanda Melchor con su Temporada de Huracanes.

Vayamos más allá, a temas más técnicos: las ventas. Resulta que la autora más vendida, Agatha Christie, solo es superada por Shakespeare y La Biblia, pero hoy en día si una mujer vende, es porque editoriales como Planeta la encumbran. Y es que los índices hablan: nosotras hemos vendido más y hemos leído más. Y ser mujer no es un presupuesto para interpretar todas nuestras obras, pues las historias no siempre tienen género, las historias que cuenta la literatura son por sí mismas universales, como lo es el sentir de las personas (sin desmerecer que ciertas denuncias les pertenecen a ellas). Gracias a nuestro empeño, ahora se nos escucha, se nos lee, incluyendo a mujeres de contextos durísimos: la africana Chimamanda Ngozi o la activista árabe Joumana Haddad. Pero siguen costándonos ciertos aspectos, como llegar a las instituciones, la RAE como ejemplo paradigmático. Nos han hecho dudar de nosotras mismas (el “síndrome del impostor” es superior entre ellas), pero somos muy buenas.

El eclipse de las mujeres es un hecho, pero como lo es la impronta innegable que el talento ajeno deja en todos nosotros, lo confesemos o no. Las mujeres escritoras brillan con luz propia y van dejando farolillos encendidos en el camino. Así, quiero terminar con un fragmento de Concha Méndez, perteneciente al grupo de las Sinsombrero:

Todo, menos venir para acabarse.
Mejor rayo de luz que nunca cesa;
o gota de agua que se sube al cielo
y se devuelve al mar en las tormenta
en forma de huracán o brisa fresca. 
                                    Concha Méndez

Muchas gracias.


Mercedes Fisteus

Escritora, (Villablino, León, 1995).

.Jurista y escritora, se inició en el camino de la literatura atesorando algunos premios infantiles y debutando con su novela Dentro de dos años, premiada en el certamen Ateneo Joven de Sevilla del año 2019. Desde entonces, ha seguido dedicada a la labor de escribir, tarea que compagina con la impartición de cursos centrados en las leyes laborales y el emprendimiento rural, la literatura, las leyendas, la tradición oral y la figura de las brujas en el imaginario popular, seres que ya trató en su citada novela.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s