Feminismos/1. El feminismo radical

Por Manuel Casal

Sección: Con firma masculina

Sábado, 5 de febrero. 2022

Una vez vistas aquí las diversas olas que ha generado la evolución del feminismo a lo largo de la historia, vamos ahora a analizar brevemente las principales maneras de entender el feminismo existentes en la actualidad.

Partimos de los años cincuenta del siglo pasado, en donde irrumpió un movimiento importante, como fue el feminismo liberal. De él ya hablamos en el artículo anterior, titulado Las olas del feminismo / y 2. Vamos a exponer ahora las corrientes surgidas a partir de ese movimiento.

Fueron dos publicaciones importantes, la de Kate Millet, Política sexual, de 1969, y la de Sulamith Firestone, La dialéctica del sexo, de 1970, las que dieron lugar a un movimiento contrario al citado, el feminismo radical. Se trataba de un movimiento teórico y práctico defendido por mujeres con una amplia formación intelectual, que pretendían llegar a la raíz -de ahí lo de radical– de la opresión que sufrían las mujeres. Ellas introdujeron conceptos tan importantes para el feminismo como los de patriarcado, género, violencia de género y, sobre todo, expresaron un gran interés por la sexualidad de las mujeres. Su lema era “lo personal es político”. Con él querían, por una parte, ganar el espacio público para crear en él la igualdad en todos los campos, y, por otra, transformar el espacio privado, puesto que era en él en el que tenían lugar las relaciones de poder en las que se basaban la familia y la sexualidad, organizados y estructurados por el patriarcado. Porque la raíz de la opresión de las mujeres estaba en la dominación que ejercía sobre ellas el patriarcado.

Kate Miller en su libro afirma que el sexo es una categoría social impregnada de política, puesto que es uno de los vehículos que usa el patriarcado para ejercer su dominio (cosificación de la mujer como ser destinado a dar placer, justificación de la prostitución, etc.) Es interesante la crítica que hace la autora a novelas, como las de, por ejemplo, Norman Mailer o Henry Miller, por los estereotipos de mujeres que se ofrecen en ellas.

Por su parte, Sulamith Firestone expone en su libro que, en lo relacionado con el sexo, la dominación de los hombres sobre las mujeres está tan arraigada en nuestra cultura que no la solemos ver como una dominación, sino como algo natural. Durante mucho tiempo las mujeres han estado encadenadas a la maternidad y a sus exigencias biológicas, pero ahora los avances tecnológicos, como, por ejemplo, los métodos anticonceptivos, les han proporcionado una vida más liberada.

Hay un detalle que resulta significativo en este movimiento. Desde un principio, las feministas radicales impedían el acceso de los hombres a sus reuniones. Esta idea les llevó a sustituir la “e” de la palabra women (que sostienen que significa “de los hombres”) por una “y”, para evitar nombrar a las mujeres con una referencia a los hombres (men).

Aunque el feminismo radical nació en los Estados Unidos, pronto se extendió por todo el mundo gracias a las manifestaciones de protesta que las mujeres fueron organizando. Así, en Francia, en 1971, cuando el aborto estaba aún prohibido, un buen número de mujeres, entre las que se encontraban Simone de Beauvoir o la actriz Catherine Deneuve, firmaron un documento en el que afirmaban “Yo he abortado”, con el fin de conseguir la despenalización del aborto. Algo similar ocurrió en España, dos años más tarde, cuando otro grupo de mujeres firmó otro documento en el que confesaban “Yo también soy adúltera”. Se trataba de despenalizar el adulterio y cambiar el papel secundario respecto al hombre que la mujer se veía obligada a representar, cosa que, como hemos dicho, entonces se entendía como lo natural.

Manifestación en Washington DC en 1970. Fuente: Wikipedia

Estas manifestaciones, junto con los numerosos grupos de formación que surgieron, lograron crear conciencia entre un buen número de mujeres de muchos países. Esto contribuyó a que cada mujer pudiera darse cuenta de cómo vivía ella en su propia vida la opresión del hombre, especialmente en sus relaciones de pareja y en su vida familiar. Al mismo tiempo, procuraba una liberación de estas mujeres, ya concienciadas de su situación, para que pudieran pensar y crear una nueva vida. Se pretendía separar la sexualidad de la procreación, lo cual permitía a las mujeres liberar su cuerpo y aspirar a un irrenunciable placer sexual valioso en sí mismo. Muchas de ellas aprendieron a conocer mejor su cuerpo, descubrieron, por ejemplo, la función de su clítoris y comprendieron que el disfrute sexual de las mujeres era tan natural como el de los hombres. Tuvieron claro que no eran meras cosas ni tampoco mercancías, sino personas.

Especialmente en los Estados Unidos, la actividad de las feministas radicales fue muy llamativa. Ana de Miguel, en su artículo Feminismos, incluido en el libro 10 palabras clave sobre Mujer, cita los siguientes ejemplos:

Cartel del Festival de música de Michigan, al que no se permitía el acceso ni a hombres ni a mujeres trans. Fuente: PinkNews.

Con actos como la quema pública de sujetadores y corsés, el sabotaje de comisiones de expertos sobre el aborto formadas por ¡catorce varones y una mujer (monja)!, o la simbólica negativa de la carismática Ti-Grace Atkinson a dejarse fotografiar en público al lado de un varón, las radicales consiguieron que la voz del feminismo entrase en todos y en cada uno de los ya no tan tranquilos hogares americanos. 

Otra característica importante de las feministas radicales fue el recurso a una especie de asambleísmo igualitario, en donde ninguna mujer, ni por su valía personal ni por su antigüedad en el grupo, debía predominar sobre las demás. Esto hacía que cada nueva integrante de un grupo entrara aceptando la ideología y el funcionamiento del mismo, pero luego los podía criticar como una más. Incluso las fundadoras del grupo y las que poseían mayores conocimientos teóricos eran criticadas y, en muchos casos, expulsadas. Esta libertad con la que se entendía el funcionamiento de los grupos de formación, sin una estructura y sin una base organizativa mínima, era enriquecedora para las nuevas integrantes, pero desmotivadora para las veteranas. A la larga produjo un desgaste tal que, a mediados de los años setenta del siglo pasado, terminó con el funcionamiento de los grupos del feminismo radical.

Victoria Sendón de León, representante de un «feminismo cultural»

A partir de estos años, el feminismo evolucionará en un abanico de maneras de entender la lucha por favorecer el papel de la mujer en la sociedad. En los Estados Unidos, el feminismo radical dio lugar a un nuevo tipo de feminismo, que se denominó feminismo cultural. La diferencia estribaba en que el primero tenía como objetivo la eliminación de los géneros, para así disolver la superioridad de los hombres sobre las mujeres. En cambio, el segundo admitía la diferencia de sexos, en el sentido de defender la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero, como dice una de sus representantes, la española Victoria Sendón de León, sin que esto supusiera la igualdad con los hombres, porque esto significaría aceptar el modelo masculino. Defendían que lo contrario a igualdad es desigualdad, no diferencia. Se trataba de conseguir la igualdad de derechos, pero no de intentar parecerse a los hombres. Este sería el germen del denominado feminismo de la diferencia, que veremos en una siguiente entrega.


Manuel Casal (San Fernando (Cádiz), 1950) es licenciado en filosofía por la U.C.M. y Catedrático de filosofía de Enseñanza Secundaria. Ha publicado varios libros explicativos de los textos propuestos para las pruebas de acceso a la Universidad, así como el titulado En pocas palabras. Aforismos. Ha participado en otros trabajos colectivos de diversa temática, como Mensajes en una botellaÁngel de nieveEspíritu de jazz o El oasis de los miedos. Colabora en revistas y periódicos y mantiene el blog Casa L, en donde se reflexiona sobre asuntos de actualidad.

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