Las olas del feminismo (2)

Por Manuel Casal

Sección: Con firma masculina

Sábado, 18 de diciembre. 2021

En los años cincuenta del siglo pasado, en los EE.UU., se consideraba que el sentido de ser mujer era convertirse en una buena ama de casa, ser la mejor esposa y madre posibles y estar siempre dispuesta para lo que fuera necesario en la familia y en el hogar. Ese era el rol de las mujeres, la ocupación femenina fundamental en la vida. Terminada la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la derrota de Alemania, el discurso nazi sobre las mujeres, plasmado en el lema “niños, iglesia, cocina”, se había extendido por todo el mundo. El fascismo y la guerra habían neutralizado los logros del sufragismo de la segunda ola. Los soldados que volvían del frente querían una esposa amorosa, hijos que sustituyeran a los millones de muertos habidos y una recuperación de la economía. Para ello había que sacar a las mujeres de las fábricas, para que no fueran un obstáculo para los hombres, y volver a recluirlas en las casas. Muchas de ellas comenzaron a sentir en sus vidas cotidianas una insatisfacción que no lograban identificar. Esta insatisfacción generó la tercera ola del feminismo.

Betty Friedan. Fuente: Wikipedia

Fue Betty Friedan (1921-2006) la que estudió esta situación en su célebre libro La mística de la feminidad. Había sufrido en su propia persona las consecuencias de la vida que llevaban las mujeres. Por ejemplo, fue despedida de su trabajo “por volver a quedarse embarazada”, sufrió malos tratos psíquicos y físicos por parte de su esposo, del que dependía casi totalmente, y comenzó a tener ataques repentinos de pánico, unidos a una creciente insatisfacción. Esta situación era bastante común entre las mujeres y dio lugar a lo que entonces se llamó el problema femenino.

En 1958 comenzó a reflexionar sobre la situación que vivían tanto ella como tantas otras mujeres, y cinco años más tarde vio la luz su libro, que se convirtió enseguida en un superventas. La mística de la feminidad afirmaba que lo femenino era algo que a la mujer le decían que era así, pero que misteriosamente no se sabía por qué era así, que difícilmente podría explicarlo la ciencia, pero que se presentaba como algo, en teoría, no inferior a lo masculino. Realmente lo que se hacía era volver a retomar prejuicios antiguos y supuestas verdades inamovibles, para afirmar que las mujeres no debían envidiar a los hombres ni intentar ser iguales que ellos, sino aceptar su propia naturaleza. Según esto, lo femenino consistía básicamente en ser pasivas sexualmente, someterse al hombre y dedicarse con amor a criar a los hijos. Betty Friedan identificó esta mística de lo femenino como la reacción del patriarcado frente al sufragismo y a la ocupación por las mujeres del espacio laboral mientras los hombres combatían en la guerra. Se trataba de que las mujeres volvieran a casa para ser buenas esposas y madres y que los hombres pudieran dedicarse a trabajar, sin la competencia femenina. Si esto implicaba que la mujer no pudiera realizarse como ser humano, ello se debía a que misteriosamente lo femenino era así.

El libro de Friedan hizo que multitud de mujeres tomaran conciencia de su situación, pero sin que supieran cómo salir de ella. Para ello se creó la Organización Nacional para las Mujeres (NOW, según sus iniciales en inglés). En su declaración de principios se defendía, entre otros objetivos, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, que desaparecieran las cuotas de acceso de las mujeres a la educación superior, que acabara la discriminación en los trabajos, que hubiera paridad en las direcciones de los partidos políticos y que se pusiera fin a la imagen de la mujer que daban los medios de comunicación.

Las ideas de Friedan dieron lugar a lo que se llamó el feminismo liberal, caracterizado por definir la situación de las mujeres como el fruto de una desigualdad, más que como el de una explotación. Su propuesta era que el sistema político permitiera la presencia igualitaria de las mujeres en el ámbito público.

En los años sesenta y setenta del siglo XX fue el feminismo radical, contrario al liberal, el que protagonizó la lucha de las mujeres y el que dio un giro a la teoría y la práctica feministas. Sus obras más representativas son La dialéctica del sexo, de Shulamith Firestone, y Política sexual, de Kate Millett. Lo más propio de este feminismo fue el interés por la sexualidad. Esto era importante por lo que representaba para la realización personal de las mujeres y porque suponía llevar sus reivindicaciones no solo al ámbito de lo público, sino también al privado, en el que se ejercía la dominación patriarcal a través de las relaciones que la mujer establecía con el hombre. Fueron importantes la separación que se estableció entre la sexualidad y la maternidad y la defensa del derecho de las mujeres al placer sexual.

El auge del feminismo radical dio lugar, por una parte, a la aparición de múltiples feminismos y, por otra, a una reacción patriarcal, de la mano de Ronald Reagan, en EE.UU., y Margaret Thatcher, en Inglaterra. Surgió el neoliberalismo y apareció la figura de la superwoman, tras la que se escondía una mujer que trabajaba en casa y fuera de casa, que tenía que estar siempre guapa y que debía ser una magnífica amante.

En el siglo XXI aparece la cuarta ola. El feminismo se transforma en un fenómeno global, de masas, de la misma manera que el neoliberalismo imperante y la violencia y las desigualdades que este conlleva también lo son.

El neoliberalismo económico se ha mezclado en la actualidad con un sector de la política y ha impregnado con sus prácticas la sociedad y las mentes de muchos ciudadanos. Es común que una parte de estos admitan, por ejemplo, que en todos los ámbitos de la vida vale todo y que lo importante es tener. La ausencia de normas y de valores, así como la importancia de la codicia están a la orden del día entre estos ciudadanos. Este estilo de vida, en manos del patriarcado, genera un enorme afán de poseer cosas y hasta personas. Así se explica el crecimiento de las desigualdades en todo el mundo y especialmente en el caso de las mujeres, que siempre son las peor situadas en todas las brechas, sobre todo en las económicas. Y se explica también la presencia de la violencia de género en todas las sociedades, la que ejercen los hombres sobre las mujeres, en virtud de su supuesta superioridad, por el hecho de ser mujeres. La utilización de la mujer por parte de los hombres neoliberales da cuenta asimismo de la pervivencia de la industria del sexo y de los vientres de alquiler.

La lucha contra estas lacras son los objetivos que se plantean en la actualidad los feminismos que, al haber tomado conciencia de la situación, han establecido puentes entre ellos, sin perder por esto sus peculiaridades.

PARA SABER MÁS:

Nuria Varela, Feminismo para principiantes, Ediciones B, Barcelona, 2005. Es un libro clásico, fácil de leer y de entender.

– Exposiciones muy claras de Rosa Cobo y Beatriz Ranea sobre las diversas olas en https://www.youtube.com/watch?v=gT_cHli_MqA


Manuel Casal (San Fernando (Cádiz), 1950) es licenciado en filosofía por la U.C.M. y Catedrático de filosofía de Enseñanza Secundaria. Ha publicado varios libros explicativos de los textos propuestos para las pruebas de acceso a la Universidad, así como el titulado En pocas palabras. Aforismos. Ha participado en otros trabajos colectivos de diversa temática, como Mensajes en una botellaÁngel de nieveEspíritu de jazz o El oasis de los miedos. Colabora en revistas y periódicos y mantiene el blog Casa L, en donde se reflexiona sobre asuntos de actualidad.

Correo electrónico: manuelcasalf@gmail.com

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