Fotograma del último día

Por Cristina Flantains


Sección: Historias de mujeres escritas por otras mujer
es

Sábado,11 de diciembre. 2022

Publius Cornelius ScipioAemilianus,  procónsul de Pompeya, no era la primera vez que mataba aunque nunca lo había hecho como hoy. Una cosa era matar o morir luchando por el orgullo de Roma y otra bien distinta era matar como había matado aquella tarde, a plena luz del día, en su propia casa, movido por un sentimiento que no  estaba definido en el manual del buen legionario y arropado por un silencio sobrecogedor. ¿Había matado sin una buena excusa? Apretando los ojos no quería ni pensar en esta posibilidad. Aún jadeante por el esfuerzo y, sobre todo, por el sentimiento, se sentó en el borde del implivium, lleno a rebosar, y medio pasmado, sumergió sus manos ensangrentadas, esperando que el agua, por si sola, fuera suficiente para limpiar la sangre y su olor dulzón. La sensación fresca del agua le animó a buscar su descargo: Le había matado de un solo golpe de cuchillo, asestado en el cuello, rápido y eficaz. Hasta ahí todo perfecto por lo expedito, por lo fácil. Pero el recuerdo de su cara sonriente momentos antes tendiéndole la mano, desnudo sobre la cama, le tiene paralizado; ahora está seguro de que ni por un momento pudo imaginar que había llegado el momento de morir.

Julia Marciana había comenzado a llorar en la alcoba tras los primeros momentos de pavor e incomprensión que le habían paralizado, Publius la oía con precisión manifiesta, desesperadamente mansa. Lloraba sin estridencias, con tanta pena como nunca a nadie había oído llorar,  ni siquiera a las madres que perdían a sus hijos en el fragor del asalto a una aldea de barbaros.  Aquel que de entre todos los lamentos era el más insoportable,  Julia le superaba. Publius aguantó la respiración para escucharla sin interferencias, mientras el agua esquivaba la sangre dentro del implivium: la sangre de las manos, las manos mismas. Absorto en la declaración de dolor y sus matices se preguntó si seguiría desnuda al pie de la cama abrazada aún al cuerpo del amante también desnudo. Decidió descartar que hubiese sacado fuerzas para ponerse la túnica. Algo avergonzado de que su mente se parase en esos detalles nimios o en la preciosa desnudez de Julia, abrazada al  cuerpo de Marcus, al que no hacía tanto también él había amado.

Recreación del Vesubio sepultando Pompeya. Publicada por el diario El Correo

Cerró los ojos volviendo al momento en que los encontró: no podía caber más belleza en ese instante. Marcus y Julia juntos, ceñidos con sus preciosos cuerpos vibrando bajo el mismo apetito, en el mismo auspicio, cabalgando sobre la misma cresta del placer, tan dolorosamente bellos: ¿fue esta la razón? De haber sido tan joven y tan bello, quizá no le hubiera matado, se hubiera quitado la toga y  se hubiera metido con ellos en la cama, ninguno de los dos le hubiese dicho que no, al contrario ni siquiera le hubiesen dicho que no hoy. De hecho, Marcus, cuando notó su presencia le tendió la mano. ¿Por qué lo maté? Julia pronunciaba su nombre justo cuando él entraba por la puerta… oh Marcus

Un ruido atronador le distrae y mira al cielo pensando en el Vesubio bajo cuya sombra la tarde se apresura. Por la apertura del implivium en menos de un segundo, el azul del cielo se vuelve gris y muy brillante. Un olor nauseabundo le abrasa los pulmones y empiezan a llover piedras primero y luego ceniza. El Vesubio trona con tanta ira y con tanta fuerza que se asusta, corre a la habitación en busca de Julia y de Marcus, también, aunque ya no esté.

 Julia, de rodillas, en la mitad del dormitorio, sujeta el pugio de Marcus con las dos manos; como si ese asidero le salvase de abismarse en las simas de su sollozo. La punta, contra su pecho, perfectamente enfilada entre las costillas y directa al corazón. El vientre, agitado. La cara, bañada y vuelta al techo.

  • No!- intenta gritar Plubius pero no le sale la voz, le abrasa la garganta- No lo hagas! – aunque  ni una palabra brota de su boca

Julia le mira, los ojos vidriosos, el pelo y la piel  cubiertos ya de ceniza . Cada vez que tose la sangre le sale a borbotones por el filo de la hoja del cuchillo que se está clavando.

Hincado, mientras la sangre de Julia se mezcla con las cenizas sobre el suelo, intenta llorar  pero no tiene aire para hacerlo.

 ¿Por qué los maté? se pregunta una y otra vez, mientras la furia del Vesubio le silencia a golpe de escoria y para siempre.


Cristina Flantains (León, 1965)

Cristina Flantains poeta y cuentista llega a las puertas de Masticadores con un elenco de personajes femeninos protagonistas de sus propias historias, historias de mujeres contadas por una mujer pero  para todos los públicos.

 A la realidad, ese complicado prisma formado por múltiples caras, se llega con entrega y empatía. Esta es mi versión de los hechos. Gracias por la atenta lectura.

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