Fanny Mendelssohn, la valiente berlinesa

Por Marta Muñiz Rueda

Sección: Mujeres en la Música

Lunes, 29 de noviembre. 2021

Fanny Mendelssohn

Todos conocemos y amamos al gran Félix Mendelssohn Bartholdy. Sus conciertos para violín, sus Romanzas sin palabras para piano, sus lieder, pero muchas personas desconocen que el gran compositor alemán tuvo una hermana, Fanny, poseedora de un talento comparable al suyo, cuyas creaciones han permanecido enterradas en el silencio hasta hace bien poco, incluso muchas de ellas, como la Sonata de Pascua, había sido atribuida hasta 1970 a su hermano, ya que la propia Fanny decidió en su momento publicarlas bajo su nombre para que no permaneciesen encerradas en un cajón. Diferentes investigaciones están, al fin, sacando a la luz su eminente patrimonio musical. Pero conozcamos más a fondo su historia, sus orígenes y cómo se desarrollará en el tiempo su genialidad creadora.

Los Mendelssohn eran una familia de judíos alemanes muy acaudalados, aunque si algo los caracterizaba especialmente era su pasión por la cultura de su época, por eso trataban de rodearse de ella. El abuelo, Moses Mendelssohn (1729-1786), fue un conocido filósofo. Abraham, el padre, era un próspero banquero y filántropo. Estaba casado con Lea Salomon, talentosa pianista, buena cantante y dotada de una destreza admirable para el dibujo. Hablaba francés e inglés y hasta leía a Homero en griego. Pero Fanny no sólo contó con Lea como modelo a imitar. La rama materna de la familia estaba llena de mujeres inteligentes y muy bien formadas. En el salón de su abuela, Fanny von Arnstein, se dieron cita pensadores y artistas de la Ilustración alemana. Y, sobre todo, podía enorgullecerse de su tía abuela Sarah Itzig Levy, una portentosa intérprete de clave que había estudiado con el hijo mayor de Bach, de quien coleccionaba manuscritos. Así que Fanny Cecilia nació en Hamburgo, el 14 de noviembre de 1805, en el seno de un clan muy musical. Su madre dijo, nada más ver a su primogénita, que había nacido “con dedos para tocar fugas de Bach”, y aquella ingeniosa frase resultó ser una auténtica profecía. Aunque los cuatro hijos de la familia tenían grandes aptitudes musicales, sólo Fanny y Félix cabían dentro de la categoría de niños prodigio. Lea dirigió sus primeros pasos en el piano y, durante largo tiempo, supervisó su aprendizaje.

En 1816, cuando Fanny tenía 10 años, durante una estancia de varios meses en París, ya comenzó a recibir lecciones de Madame Marie Bigot de Morogues, profesora favorita de Haydn y Beethoven. A su vuelta a Berlín, a donde la familia se había trasladado en 1812, Abraham buscó a los mejores profesionales para formar a sus hijos: Ignaz Moscheles, el mayor virtuoso del piano en su generación; Sir Georg Smart; Ludwig Berger, discípulo del gran Muzio Clemente y el más reconocido intérprete de Beethoven; el filólogo Karl Heyse, como tutor y profesor de ciencias; y, sobre todo, Carl Friedrich Zelter, íntimo amigo de Goethe y director de la Academia de Canto berlinesa, que les enseñó armonía, contrapunto y composición.

Zelter era consciente de que el talento de Fanny era incluso superior al de Félix. En una carta dirigida a Goethe en 1816 escribió: “Esta niña es realmente algo especial”. Con 13 años asombró a sus profesores arreglando un oratorio de Haendel para orquesta completa. Su memoria era pasmosa: como regalo de cumpleaños para su progenitor, se aprendió los 24 preludios del Clave bien temperado de Bach. Pero no debemos pensar que esas increíbles capacidades eran debidas sólo a sus cualidades innatas. Con maneras propias de un patriarca bíblico, Abraham exigía a sus hijos una dedicación absoluta al estudio. A diario comenzaban a trabajar a las cinco de la madrugada y continuaban hasta las últimas horas de la tarde. Sólo los domingos tenían un momento de descanso: empezaban sus lecciones una hora más tarde. Esa severa disciplina germánica fue la que hizo germinar la excelencia artística en ambos hermanos.

Siguiendo el ejemplo de los Freitagsmusiken, los Viernes Musicales organizados por Zelter, en 1823 Abraham se lanzó a poner a prueba las dotes de sus retoños en unas sesiones matinales, que tenían lugar cada dos domingos. Fanny y Félix se sentaban al piano, Rebecca cantaba y el pequeño Paul tocaba el cello. Lea enviaba invitaciones tanto a músicos locales como a personalidades prominentes para que acudieran a aquellos eventos, que contribuyeron en gran medida a animar la vida cultural berlinesa.

Dichas sesiones acabaron convirtiéndose en un frecuentado lugar de reunión de los intelectuales más destacados del momento: Hegel, el historiador Leopold Ranke, el folklorista Jacob Grimm, el literato E.T.A Hoffmann, los poetas Ludwig Tieck y Heinrich Heine, la escritora y salonnière Rahel Varnhagen (a la que Hanna Harendt dedicó una biografía), y músicos tan conocidos como Carl Maria von Weber o Ludwig Spohr. Todo el que era alguien en el ambiente cultural alemán, bullente de nuevas ideas y estilos, deseaba asistir a aquellos sonados acontecimientos dominicales.

Fanny junto a su hermano Félix, los dos jóvenes talentos.

En 1825 Abraham ya había confirmado el inmenso talento artístico de Félix, que  entonces contaba 16 años, gracias a una visita al famoso Luigi Cherubini en París. El patriarca de los Mendelssohn no dejaba de ser un hombre de negocios, y aquella operación promocional de los Domingos musicales formaba parte de una bien orquestada campaña, cuyo fin era el lanzamiento de su segundo hijo a una carrera internacional. Sin embargo, pese a ser consciente de que Fanny no le andaba a la zaga, ya desde que cumplió 14 años su padre le venía advirtiendo, con creciente  insistencia, que nunca le permitiría dedicarse profesionalmente a la música: “Para ti [la música] sólo puede y debe ser un ornamento. Te debes preparar con más presteza e interés para tu verdadera llamada, la única vocación para una jovencita. Quiero decir el estado de ama de casa”. ”La música debería ser un acabado, un adorno, y nunca una carrera para las mujeres”. Desde nuestra igualitaria perspectiva actual resulta escandaloso contemplar cómo un padre podía proporcionar a su hija una educación musical al máximo nivel para, acto seguido, cerrarle la puerta hacia el éxito y la fama. Sólo intentando penetrar en los prejuicios sociales de aquel momento, seremos capaces de comprender la razón de semejante discriminación y perdonar a Abraham -quien sólo quería lo mejor para su amada Fanny Cecilia- que nos privara de una gran estrella musical femenina.

Un momento particularmente feliz en la juventud de Fanny fue el encuentro con el anciano Goethe en Weimer. Recordemos que el mentor de los hermanos pianistas era Zelter, que alababa sin cesar ante Goethe sus maravillosas interpretaciones de Bach. Tanto le agradó Fanny, que escribió un poema en su honor. Ella, por su parte, compuso muchos lieder sobre poemas de Goethe, que siempre fue su autor favorito.

Mientras tanto, Félix se estaba abriendo camino como intérprete profesional y, para esquivar discretamente la prohibición de publicar que el padre había impuesto a Fanny, se les ocurrió incluir secretamente sus piezas entre las de él. Así lo hizo en 1827 y 1830 con sus opus 8 y 9, entre los que figuraron cinco piezas vocales y una instrumental de Fanny, las cuales obtuvieron un gran aplauso social. Cuando un crítico inglés se enteró, a través de Félix, de la identidad de la autora, calificó sus canciones como exquisitas, suaves, cálidas y originales. Tanta fama reportaron a Félix que acabaron provocando un embarazoso equívoco. En 1842, en la recepción a la que Félix asistió en el palacio de Buckingham, la Reina Victoria le confesó que su canción favorita era la Italiana y la interpretó para él. La honradez pudo más que la vergüenza y el atribulado compositor confesó ante la reina que la autora era su hermana, pidiéndole que tuviese la gentileza de cantar otra pieza de su propio repertorio.

Otra imagen de Fanny

1829 fue un año muy importante en la vida de Fanny. Como Félix partió al extranjero para un largo viaje, hubo que poner fin a los domingos musicales. Sucedió también que, tras unos años de noviazgo, Fanny contrajo matrimonio con Wilhelm Hensel, pintor de la corte prusiana. En ese momento de doble desconcierto, por la partida de Félix, en el que tanto se apoyaba para componer, y por la carga de sus nuevas responsabilidades como esposa, Fanny escribió: “Ya no estoy componiendo más canciones, al menos no de poetas modernos que conozco personalmente… Ahora comprendo lo que siempre he oído y lo que el filósofo Jean Paul ha dicho también: el Arte no es para las mujeres, sólo para las chicas; en el umbral de mi nueva vida dejo estos juegos”. Pero, afortunadamente, no lo hizo. No creía una sola palabra de ese absurdo discurso. De hecho, ella misma compuso la marcha de entrada para su boda.

Un año después de la boda, Fanny dio a luz un hijo al que puso el nombre de sus tres compositores favoritos, Sebastian Ludwig Felix. Estaba claro que la música lo era todo para ella y, tras el obligado intermedio por la maternidad, en 1831 decidió recuperar ella sola los Domingos musicales.

Ahora Fanny era la gran protagonista. Dirigía y acompañaba a su propio coro de 20 cantantes, al que ocasionalmente se añadía una orquesta de instrumentistas amigos. Con esa plantilla se lanzaba a ambiciosos programas que incluían oratorios, arias de ópera, música de cámara de Bach, Mozart, Beethoven, Carl Maria von Weber y de su hermano Félix. Pero aún tenía más éxito cuando presentaba sus propias obras al piano solo, sus lieder y duetos. Fanny se multiplicaba para atender su casa y a su hijo, componer, ensayar con el coro, planificar los programas, dirigir a la masa coral y la orquesta, sentarse al piano… Hasta hacía copias de sus partituras para los amigos.

Con su ingente esfuerzo consiguió que aquellos eventos fuesen nuevamente ocasión de encuentro para la aristocracia intelectual. Por sus salones desfilaron Listz, Paganini, Clara Schumann… deseosos de escuchar las últimas composiciones de Fanny. La buena acogida de aquella programación musical la estimulaba a componer obras de dimensiones cada vez mayores. Pero la muerte del padre, en 1835, dio paso a un período de luto en el que se suspendieron aquellos estimulantes Domingos musicales y, nuevamente, el talento de Fanny quedó encerrado entre cuatro paredes, languideciendo durante una temporada.

Félix se encontraba bien instalado en Leipzig y no tenía tiempo para visitar a Fanny y darle la inyección de autoestima que necesitaba para impulsar su trabajo. Muy pronto fue patente en su espíritu la sensación de desánimo. Nadie, salvo su esposo, estaba ya interesado en su música. Así escribió estas reveladoras palabras a un diplomático amigo: “Si nadie ofrece su opinión y se toma el más ligero interés en tu producción, con el tiempo no solo pierdes la gran ilusión puesta en ello sino también toda capacidad de juzgar su valor… No puedo evitar considerar un signo de talento que no lo abandone, aunque no encuentre a nadie que se tome interés en mis esfuerzos”. Con ese empeño incansable, tras un período de sequía compositiva, en 1836 envió a Félix unas nuevas obras, pero para entonces, el ambivalente Félix había adoptado la misma posición que el padre. Consideraba que estaba fuera de lugar que su hermana pusiera a circular su nombre en sociedad. Fanny esperó que cambiara de idea y se lanzó a publicar una canción. Las críticas fueron muy positivas a pesar de que su propio hermano no la había apoyado, sin embargo, finalmente los dos terminaron haciendo, aparentemente, las paces. A partir de este momento es triste reconocer que Félix debió sentir unos celos tremendos del talento creador de Fanny, pues ante la pasión de su familia por su obra su propio hermano permanecía impasible o, peor aún, expresando públicamente su opinión en contra de que Fanny publicase o estableciese contacto con el mundo artístico.

Estos intolerantes prejuicios anestesiaron el afán creador de Fanny, que no volvió a pensar en publicar durante los diez años siguientes. En su lugar volvió a los Domingos musicales, que cada vez tenían proporciones más grandiosas. 

Posteriormente viajó a Italia y sería una de las mejores decisiones de su vida, pues este relax la animó a componer varias de las mejores obras de su vida.

En 1838, con 32 años, Fanny había dado su primer y único recital en público, interpretando el célebre Concierto número 1 para piano de su hermano. Y ese pequeño conato de rebelión contra las normas sociales la llevó nuevamente a plantearse el dilema de si debía publicar o no. La favorable opinión del concejal y músico Robert von Keudell acabó por decidirla y, a espaldas del renuente Félix, comenzó a sacar a la luz los lieder, obras corales a capella y piezas para piano.

Pero en 1847, mientras ensayaba el Oratorio de Félix La primera noche de Walpurgis, sufrió un derrame cerebral que le ocasionó la muerte. Su prematura desaparición, cuando sólo contaba 41 años, causó en su esposo un dolor tan grande que abandonó la pintura y hasta a su hijo, a quien pasó a cuidar su tía Rebecca. Igual fue el sufrimiento de Félix, que atormentado por la traición se sumió en una honda depresión y hasta dejó de componer: “Con su amabilidad y amor fue parte de cada momento de mi vida… Nunca, nunca seré capaz de acostumbrarme a ello”, escribió. Cuando pareció recuperarse, su música ya no era la misma. La tragedia se cebó nuevamente con los Mendelssohn ese mismo año, llevándose también a Félix por la misma dolencia que había acabado la prometedora carrera de Fanny.

En la tumba de esta figura como epitafio el verso de Eichendorff: “Pensamientos y canciones ascienden al reino del cielo”. Pero tal vez las palabras más bonitas sobre Fanny son las que muchos años atrás le había dirigido su hermano: “De verdad que sabes lo que Dios estaba pensando cuando inventó la música”.

ENLACES A LA OBRA DE FANNY MENDELSSOHN,

aunque todavía queda gran parte de su producción por recuperar:

-Sonata para piano en Sol m: Fanny Mendelssohn – Piano Sonata in G minor (audio + sheet music) – YouTube

-Nocturno: Fanny Mendelssohn – Nocturne in g minor – YouTube

-Overture: Fanny Mendelssohn : Overture in C Major – YouTube


Marta Muñiz Rueda (Gijón, 1970) es escritora y músico. Ha publicado libros de poesía (El otoño es nuestro, Libro de la delicadeza), la novela Tiempo de cerezas, y los libros de cuentos 13 cuentos dementes Anna y las estrellas. Desde pequeña su vida ha estado ligada al aprendizaje y la enseñanza del piano y la composición, ya que todas las mujeres de su familia han estudiado interpretación. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo y titulada profesional de piano por los Conservatorios de Gijón y León. Como compositora puso música a poemas y textos de Miguel de Cervantes y Lope de Vega en la obra ‘Duelo de ingenios’, actuando a dúo con la soprano Ana Clara Vera Merino, estrenándose con gran éxito en la Biblioteca Pública de León. También es autora de cuatro obras de teatro musical infantil en la compañía de la que forma parte, ‘Moraleja de la candileja’. Ha participado en numerosos eventos artísticos, antologías, revistas culturales y es columnista de opinión del diario de información general La Nueva Crónica.

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