La trilla

Por Cristina Flantains

Sección: Historias de mujeres escritas por otras mujeres

Sábado, 27 de noviembre. 2021

La era es aún un sitio prominente donde sopla el tiempo y el viento la mayor parte de las veces y expuesta al sol por los cuatro costados. Vista desde la lejanía parece que si se cae allí una canica no va a parar de rodar hasta llegar a la orilla del río, para luego llevársela con su ruido para siempre. Aunque asumida la distancia la realidad es otra: una llanura sobre otra llanura, de fondo la infinitud del azul y bajo la línea del horizonte tierra, mucha tierra donde germinar.

Ella me colocaba un gran gorro de paja y me lo sujetaba con una cinta para que el viento no me lo arrancara de la cabeza, para que quieta bajo su generosa sombra pudiera salvarme  de aquel mediodía ardiente. Y luego me tomaba la cara entre las manos y me besaba con un beso tierno y sabroso como el pan que amasaba. Comenzábamos a dar vueltas sobre la parva extendida en perfecto  círculo las vacas y yo, con mi cuerpecillo de niña, sobre el trillo de madera, sobre la paja dorada, sobre el grano que, soltándose de la espiga, caía al suelo en abundancia  con la contundencia de los cuerpos. Y mientras, ellos, fuera de mi círculo dorado,  trajinaban sin tregua ni descanso.

Con la época de la trilla iban parejas  las temidas tormentas de verano. Una metáfora casi perfecta de la vida. La hacendosa mujer envuelta en el paisaje, entre el polvo y la paja, sus largos ropajes ondeando como una bandera clamando una tregua, oteaba de tanto en tanto el horizonte  alzando la mano sobre los ojos. Mirar al infinito, anticiparse a la tormenta para hacer de la promesa del pan un hecho consumado. Y yo la veía desde mi rueda con esa tranquilidad que me daba tener cerca de mí a alguien tan atento que asumía con tanta naturalidad las peculiaridades de este absurdo inmutable de difuso fundamento.

Aquella suerte de condena que se tejía bajo los auspicios de la tarde con una cíclica y necia constancia no era más que el anticipo de lo que sería la vida, la mía, la de ellos, la de cualquier ser. Pero había algo más que aprender además de ese desatino, del trabajo, de la lucha desesperada con los elementos: cómo sobreponerse a ellos con algo ajeno a su naturaleza.

Tormenta de verano. Imagen tomada de internet

Las cadenas se rompen a fuerza de certezas  aun a pesar de las tormentas. Una certeza es un granero lleno. Un granero lleno propone un resquicio a la alegría  y entonces, este destino absurdo, cobra sentido en el instante mismo de partir el pan.



Cristina Flantains (León, 1965)

Cristina Flantains poeta y cuentista llega a las puertas de Masticadores con un elenco de personajes femeninos protagonistas de sus propias historias, historias de mujeres contadas por una mujer pero  para todos los públicos.

 A la realidad, ese complicado prisma formado por múltiples caras, se llega con entrega y empatía. Esta es mi versión de los hechos. Gracias por la atenta lectura.

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