Manuela López García. Poeta y autora de fábulas

Entre los manuscritos de su poesía infantil, se encuentran también un par de textos escritos al modo de fábulas, con dos temáticas muy diferentes entre sí. 

Por Mercedes G. Rojo

Sección: Miscelánea en rojo

Sábado, 6 de noviembre. 2021

Manuela López García

Para quienes escribimos  y basamos parte de nuestro trabajo de escritura en la investigación de otros autores y en el estudio/descubrimiento de su obra, ir profundizando tanto en el personaje como en sus textos (más si son inéditos) es como una pequeña droga que te lleva a ir profundizando cada vez más en los distintos aspectos que la rodean. No es la primera vez que me pasa con alguno de los personajes escogidos en mi proceso de acercamiento a los mismos, pero he de reconocer que es la primera vez que me ocurre con tal fuerza. Estoy hablando de Manuela López García, una poeta coetánea de las sinsombrero, a quien tuve cerca (vivió durante un largo tiempo en mi ciudad) sin que, desgraciadamente, nuestros caminos se encontraran entonces en lo personal. A ella nos acercamos un buen grupo de escritoras (y algún que otro escritor) a través del libro Manuela López García. Una vida, una obra (Lobo Sapiens Ediciones), que surgió como un homenaje hacia ella y  que yo misma coordiné este pasado mes de marzo. Pero no fue suficiente. Reencontrarme con su poesía, pero sobre todo reencontrarme con la mujer, con la escritora, fue sentir la necesidad de conocer más y mejor su obra y todas sus circunstancias, de acercarme a otros poemas que aún no han sido publicados, descubrir en ellos el trazo de diversos momentos de su vida. Y me puse manos a la obra sumergiéndome de lleno en una producción literaria de la que apenas conocemos la punta del iceberg, abriendo a través de ella varias posibles líneas de investigación en torno a las cuales voy trabajando de forma paralela.

                De entre todas, mi primera prioridad: sus textos infantiles. Una buena colección de poemas nos han llegado hasta ahora a través de dos poemarios editados, Caminito de papel (1987, Ayuntamiento de Cacabelos) y Poemas infantiles (Astorga, 1992. Centro de Estudios Astorganos Marcelo Macías). Podemos encontrar, además, otros muchos dedicados a niños y niñas (de manera genérica o particularmente pertenecientes a sus ámbitos cercanos) desperdigados por el resto de sus publicaciones y también inéditos entre su material celosamente guardado en el archivo de Cacabelos. Sumergida en un proceso de localización, recuperación y reestructuración  de ese conjunto de textos que muy pronto espero pueda ver la luz, he de confesar lo mucho que estoy disfrutando con la tarea, y lo mucho que me está acercando a ese profundo amor que Manuela López García sintió a lo largo de su vida por la infancia, dedicándole muchas horas a la misma, tanto a través de su magisterio como de su día a día, incluido el regalo de una parte importante de su obra. En este sentido, todo en sus versos exhala ternura a la par que un inmenso deseo de darles alas, de abrirles puertas al conocimiento, al descubrimiento de todos y cada uno de los aspectos de la vida, los del presente y los que han de llegarles en el futuro; de lo bello pero también de lo que no lo es tanto, puesto que la vida es un lugar lleno de claroscuros, de contrastes, con los que hay que aprender a vivir. Su poesía infantil nos hace disfrutar, sentir, soñar, volar, al tiempo que puede dolernos y/o llevarnos a la reflexión; también a los adultos, porque para la buena literatura no hay edad que valga.

Los dos poemarios infantiles que llegó a publicar

Conocida fundamentalmente como poeta, pueden imaginarse mi sorpresa cuando, al ir pasando páginas de sus manuscritos y borradores, me encontré de repente con dos breves textos dedicados a los más pequeños. Tener de pronto entre mis manos un material hasta entonces totalmente inédito me embargó de emoción, aún más cuando al leerlos me encontré frente a dos relatos que podríamos considerar dentro de la categoría de las “fábulas”. A través de ellos, inmediatamente me sentí transportada a la rica tradición oral que ha presidido diferentes etapas de mi vida. Las Fábulas de Samaniego, y múltiples canciones y cuentos de mi infancia (La ratita presumida, La boda del tío Perico, El fantasma de los ojos azules,…) que, entre otros, me han servido a lo largo de mi ejercicio docente y también como inspiración personal acudieron de golpe a mi mente. Ahí estaban de pronto todos esos personajes personificados, mostrando ¡tantas cosas! entre los juegos de palabras, la repetición de fórmulas, las rimas…, creando a la vez esa sensación lúdica que permite aprender sin apenas darnos cuenta. Y decidí que no podía guardármelos solo para mí; así que comienzo hoy por compartir uno de ellos, con mi especial agradecimiento al Ayuntamiento de Cacabelos  que, a través de su concejalía de Cultura, me ha permitido acceder a todo su material y hacer posible esta publicación.

El escogido ha sido El sol andarín, breve relato a través del cual, Manuela López nos acerca al ciclo de las estaciones. La repetida utilización de diminutivos, la personificación de los elementos protagonistas de la historia, la brevedad de las frases, las ingenuas metáforas utilizadas y otros elementos literarios contenidos en el mismo nos indican que estamos ante una obra pensada para los más pequeños. Nos faltan datos concluyentes sobre la fecha y el lugar en el que fueron escritos, lo que podría acercarnos un poquito más a sus circunstancias; pero no importa, porque su tratamiento literario –que enlaza perfectamente con esas narraciones consideradas como  fábulas- nos sitúa frente a una narración totalmente atemporal y universal en su enfoque, que no pasa de moda, y que permiten su disfrute más allá de las características concretas de cada momento histórico.

De momento les invito a disfrutar de su lectura y, si son madres/padres o están dentro del mundo de la Educación (en cualquiera de sus facetas), tal vez a probar a dramatizarla con los más peques, porque es otra de las características que este tipo de textos presentan, su fácil teatralización, lo que las convierte en un elemento lúdico extra que permite que su contenido se afiance con facilidad en la memoria de nuestra gente más menuda. Espero que la disfruten tanto como yo lo he hecho.  

EL SOL ANDARÍN

            Una fábula escrita por Manuela López García[1]

Aquel día llegó el Sol a la casa del Otoño:

-¡Tras, tras!

-¿Quién llama?

-Soy el Sol que quiere entrar por tu ventana.

-Entre por la de atrás y allí me encontrará.

El sol apretó contra sí los bellos rayos de su miriñaque y pasó.

Y le dijo al Otoño:

-Déjame vivir en tu casita, ¡es tan doradita!

Pero el otoño contestó:

-No, que abrasarías mis frutos. Estate un ratito y vete a otro ladito.

El Sol se fue muy triste y cabizbajo y, andando, andando, llegó a la casita del Invierno, que estaba blanquísima y toda adornada con caprichosas y bellísimas figuras de escarcha. Y llamó a la puerta: 

-¡Tras, tras!

-¿Quién llama?

-Soy el Sol, que quiere entrar por tu ventana.

Entonces salió el Invierno con un elegante abrigo de armiño y muy orgulloso refunfuñó:

-Señor Sol, no estropee mi blancura, déjeme vivir con mi frescor y váyase a otro lado porque me daría mucho calor.

El pobre Sol se fue todo disgustado al ver que el señor Invierno le había tratado con tanto desdén y, por fin, después de mucho caminar, dio con la casita de la Primavera, toda rodeada de jardines, lo que le puso alegre y optimista. Y llamó:

-¡Tras, tras!

-¿Quién llama?

-Soy el Sol que quiere entrar por tu ventana.

Entonces, doña Primavera, que era una dama muy hermosa, salió a recibirlo toda perfumada, y:

-¡Pasad, pasad, señor Sol! –dijo-,precisamente lo estaba esperando.  Aquí tiene usted a mis tres hijos: Abril, Mayo y Junio.

El sol los besó a todos en la frente y se sentó a descansar en un diván. Allí se quedó medio dormido; pero aquellos tres niños, sobre todo Abril, que se parecía mucho a su primo Marzo, empezaron a molestarlo de tal forma, echándole jarritas de agua y soplándole, que el pobre Sol no tuvo más remedio que irse, con harto sentimiento de doña Primavera, que no cesaba de reprender a sus traviesos vástagos:

-¿Veis?- les decía. –Por vuestra culpa se nos va don Sol de casa y nuestras flores perderán su bello color.

El Sol se fue camino adelante, ya sin esperanzas de encontrar un lugar agradable donde refugiarse y hasta pesaroso de haber bajado del Cielo, pues se hallaba muy cansado de tanto caminar, cuando al dar la vuelta al recodo de un camino sintió que lo llamaban.

-Señor Sol, señor Sol, venid, venid; soy el Verano, que estaba a vuestra espera.  ¡Entrad en mi casa por la puerta delantera!

Imagen tomada de internet.

El Sol se puso radiante de alegría, sus rayos lanzaron destellos cegadores y se adentró en la casita del Verano y allí fue tan agasajado y recibió tanto cariño de él y sus tres buenos hijos que desde entonces habita en aquella casita, no en calidad de huésped sino como señor y amo, y dice muy ufano:

El año recorrí

en unas vacaciones,

los hogares yo vi

de las cuatro estaciones.

Entre todos sus dueños

uno me llamó hermano;

acarició mis sueños,

¡éste ha sido el Verano!


[1] Documento encontrado entre el completo de sus textos manuscritos y borradores donados como patrimonio al Ayuntamiento de Cacabelos, y custodiados en el archivo de la biblioteca municipal. Revisada y corregida por Mercedes G. Rojo a partir de varias copias del texto original.

NOTA: El libro homenaje a Manuela López García, la primera aproximación bio-biográfica a esta apasionante mujer, se puede conseguir a través de la pág. web de la editorial, de su librería de referencia o directamente a través de Mercedes G. Rojo, directora literaria de la obra

MANUELA LÓPEZ GARCÍA. UNA VIDA, UNA OBRA

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