Memorias rurales

Por Paz Martínez.

Sección: Mujer, arte, cultura y oficio.

Miércoles, 20 de octubre. 2021

Si la vida rural contempla una historia de duro trabajo de sol a sol para sacar el pan de cada día a la tierra, hablar de mundo rural y mujeres representa un escenario repleto de inclemencias a lo largo de los años.

Hace unos días pude asomar a una reunión de mujeres rurales en la que se trataba de registrar y recordar el esfuerzo que la mujer viene haciendo desde tiempos inmemoriales para mantener a la familia alimentada, guarecida e incluso unida, sacrificando en numerosas ocasiones su identidad personal.

La primera cuestión que expuso la ponente Celeste Fernández, encargada de llevar el coloquio, fue la necesidad de aclarar qué es el mundo rural y cómo se desarrolla, lo que llevó a concretar que la experiencia del mundo rural depende no solo de visión según la edad, que conlleva apreciaciones completamente diferentes, sino también del modo de vida y del modo en que alguien se desarrolla en el mismo.

La vida siempre fue especialmente dura para la mujer en el medio rural, aunque aprendiera a sobrevivir con la dureza de ese día a día. Foto: MGR

Para algunas de las mujeres que asistieron la experiencia basada en el recuerdo de sus madres y abuelas, y la propia experiencia de sus memorias de juventud, había sido un compromiso con la constante angustia ante la precariedad y el deber de los cuidados del hogar, de la familia y de la hacienda. Muchas se veían obligadas a trabajar el campo, criar los hijos y servir en las casas de los pudientes al mismo tiempo. Se levantaban al alba para alimentar a los animales, cultivaban la tierra, cocinaban, fregaban, lavaban la ropa en el río rompiendo el hielo en los fríos inviernos y en la noche; mientras todos descansaban, hilaban, tejían y remendaban. Sobrevivían con mucha inteligencia y pocos recursos mientras los hombres trabajaban fuera o no. De cualquier modo, eran el engranaje principal aunque la imposición del mandato masculino, por entonces, no se lo reconociera.

La necesidad de las mujeres de auxiliar las unas a las otras era lo que le daba en gran medida forma a la comunidad, pero nada se podía hacer si alguna de ellas caía en desgracia perdiendo su honor. Una violación, el abandono por parte del varón de la muchacha pretendida o casada, o un hijo ilegítimo dejaban a la mujer a su suerte, estigmatizada y sin ningún tipo de apoyos pues podía ser repudiada por la propia familia para que a esta no le afectara la deshonra.

La independencia forzaba a la que se veían empujadas algunas mujeres cuyos maridos viajaban a buscar un mejor futuro en otros países y jamás regresaban o las que se pasaban meses solas porque el hombre se dedicaba a la arriería provocó cierta independencia  que las obligó a saber manejarse en muchos aspectos de la vida y por lo tanto derivó en la crianza y educación de hijos e hijas que fueran capaces de encontrar otras formas de vida y crecimiento lo que desemboca en un mundo rural, hoy, muy diferente del que conocieron nuestras abuelas, lleno de emprendedoras que se desenvuelven en diferentes planos profesionales y en espacios como la cultura, el arte y los oficios.

Cierto es que llevamos en las venas todas las enseñanzas heredadas de nuestras abuelas y aún hoy en día nos cuesta delegar en todo aquello para lo que fuimos programadas como el cuidado del hogar y los hijos. Que generacionalmente nos hemos ido desligando de este rol social pero que a medida que avanzamos intuimos en ciertos estratos de la juventud algunos atisbos regresivos que se manifiestan a través de la cultura musical u otras. Pero cierto es también que los avances, que son notables, provocan una mayor atención en sus opuestos y la sociedad tiende a la polarización antes de encontrar el equilibrio, razón por la que la memoria rural y la memoria en general es más necesaria que nunca para crear una sociedad equitativa y racional.

Las mujeres han ido tomando el relevo de los hombres incluso en el mantenimiento de las tradiciones. En ellas sigue estando, ahora más que nunca el futuro de los pueblos. Foto: MGR

Paz Martínez Alonso (Santa Colomba de Somoza, León) ha publicado dos poemarios y ha participado en varias antologías poéticas y de micro-relato. Actualmente está preparando su último trabajo junto al cantautor madrileño Moncho Otero, En Son de Paz.

Finalista del Certamen Atardecer de otoño (1993) con el poema Dolor, publicado en la misma antología y posteriormente en el poemario De musgo y Piedra. Segundo premio en el VI concurso literario de Zahara de los Atunes, (Cádiz) con el poema Fértil.

Colabora con diversos proyectos que tratan de dar a conocer el entorno rural a través de diferentes propuestas culturales con el patrocinio del Ayuntamiento de Santa y la recuperación de Filandones Tradicionales, junto a Mercedes G. Rojo, a través del centro Cultural “El Casino” de Santa Colomba de Somoza, del que es presidenta desde 2016. 

Su poema Dios Tilenus recogido en Los márgenes del Tiempo fue elegido emblema de la Asociación Montañas del Teleno, la cual trabaja por el desarrollo y sostenibilidad en el mundo rural.

Ha colaborado en el programa Hoy puede ser un gran día (Libertad FM), con el espacio Los libros de mi vida realizando reseñas literarias.

Colabora con la columna Serendipias en la sección de opinión La Tercera Columna del periódico digital Astorga Redacción. y en la publicación independiente Elefantes con alas.

4 comentarios en “Memorias rurales

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