Historia de cómo Luci Law se enamoró de una silla.

Por Cristina Flantains

Sección: Historias de mujeres contadas por mujeres

Sábado, 16 de octubre. 2021

Luci Law era ese tipo de chica que siempre lo tenía todo claro, además poseía un carácter equilibrado que le permitía proyectarse muy bien en su entorno aunque sin llegar a ser tan atorrante como un amado líder. Era de esa clase de personas con las que siempre se cuenta porque su eficacia y prudencia elevaban cualquier cosa en la que se ven envueltas. Hay que decir también que era una chica guapa, con un gesto amable y unos rasgos perfectamente equilibrados. Por supuesto que fue una buena estudiante, sin llegar a la excelencia, algo que por otro lado no le hubiese convenido en aquel momento político social en que se vivía, donde sobre todo se premiaba la mediocridad. Así que sacó sus estudios obligatorios sin demasiado esfuerzo pero con buenas notas y luego, en la facultad, ocurrió lo mismo, se graduó en bioquímica, una carrera que en aquel momento no tenía mucho futuro en su ciudad pero este hecho objetivo no impidió, dada su inteligencia práctica, que encontrara un buen trabajo en los únicos laboratorios farmacéuticos que había, lo suficientemente bien remunerado y entretenido, como para vivir una larga y cómoda vida laboral.

Las primeras veces que salió con chicos no lo notó, embebida en el fragor de la conquista, juego de estrategia que le pareció divertidísimo, y luego entregada de lleno a los placeres que le proporcionaba las primeras experiencias sexuales, no notó en absoluto, ni echó de menos, la ausencia del enamoramiento, ¿cómo podía ser de otra manera si no estaba previsto en su naturaleza? Había naturalidad en aquella manera de comportarse aún a pesar de la gran ausencia. El torbellino del plan diseñado para ellas con sus divertidos protocolos: dejarse llevar por su roll social de chica mona y lista que busca chico que busque chica mona y lista, satisfizo todas sus inquietudes al respecto y si no llega a ser por esa tendencia analítica intrínseca a su carácter   que, además, desarrolló y cultivó durante el Grado, posiblemente hubiera vivido toda la vida sin caer en la cuenta de ello y sin que a nadie le importase.

Pero esa manía de comparar, de sopesar, de seguir el hilo conductor en busca de la verdad, llegase hasta dónde llegase, era una seña de identidad que como un luchador de Sumo caía sobre todas sus contradicciones hasta desentrañarlas. Así que una vez que había tomado conciencia de esta realidad, pasada con holgura la liosa adolescencia y la primera juventud y sin preguntarse mucho por qué se le había excluido del don o de la maldición del enamoramiento, pero sí previniendo las posibles connotaciones molestas que esto pudiera tener en el transcurso de su vida, se concentró más en las consecuencias que en los efectos y lo sometió a examen, encomendándose a Frege en sus oraciones y aplicando un plan inspirado básicamente en el método científico. Analizó la situación y se documentó a conciencia. Identificó los síntomas, ridículos algunos: carne de gallina, suspiros, ojos brillantes, pupilas dilatadas, sonrisa bobalicona, facilidad para la risa y para el llanto… reconociéndolos en su propia experiencia con alguno de sus amantes. Hizo trabajo de campo a fondo, sentándose largas horas en algún reservado de bar o en algún parque, observaba a los enamorados que iban y venían, y les escuchaba con un audífono que se había comprado por internet. Visionó todo tipo de películas sobre este tema ( Los puentes de Madison, especialmente, le pareció atroz) y acabó de saciar su sed de conocimientos sobre este asunto leyendo libros como Tratado del enamoramiento de Ramiro Pinto o Bioquímica del amor de Vilma Pinzón. Por supuesto, también estuvieron redivivos en esos días Becquer y Teresa de Cepeda y Ahumada, nadie mejor que ellos para explicar esto. 

Se quedó impresionada del poder y la potencia del enamoramiento pero fue incapaz de comprenderlo. Entre sus conclusiones  estaba que para vivir y,  lo más importante, vivir bien, no era necesario estar o haber estado enamorado, es más, valoraba algunas posibilidades en que, precisamente, lo más conveniente era no estarlo. Pero no se le quitaba de la cabeza esa euforia intensa a través de la cual se conseguían estados de plenitud tan potentes, igual en la dicha que en la desdicha. Y aunque  en el sentido práctico no había problema, la vida seguía con otros alicientes, no podía evitar volver de vez en cuando sobre aquello que se le había negado, aunque no fuera vital ni necesario para vivir. Luci había comprendido perfectamente que el mundo giraba en torno a eso, y era el punto de partida en la estructura social, el germen de esta: individuo que se enamora forma una familia que vive con otras familias y forma un pueblo, que forman un país, que forma un continente y otro y otro dando auténtica guerra a un planeta… ciertamente el punto de partida tenía que ser potente para que su efecto colateral fuera de semejante magnitud. Luego barajaba otras posibilidades, muchas más, por ejemplo Romeo y Julieta le parecieron espectaculares, pero siempre llegaba a la misma conclusión. Ella sabía amar un hecho bondadoso, la belleza que emana de las cosas hermosas, a sus amigos, a sus parientes, claro que sí, pero no se construyen mundos alrededor de una margarita, o del casto beso que da la madre a un hijo en la frente, ni alrededor de compartir el pan que no sobra… en fin, pero del enamoramiento ¡sí! Y quiso saber lo que se sentía. A pesar de que el hecho teórico del enamoramiento le parecía ridículo y de que había tomado la decisión de que no le convenía de ninguna manera, no era capaz de sobreponerse a la curiosidad de su propia experiencia vital. 

No estaba muy segura de que fuera solamente una mera cuestión química pero sí gran parte de ello. No le pareció que fuera solo cuestión de dos personas aunque dado el característico modus operandi práctico  de la naturaleza vio en ello lo más indicado. En ningún momento se planteó el aspecto ético de la cuestión ya que  el hecho carecía de la dualidad simple del bien y del mal aún a pesar de la trascendencia del hecho consumado.

Planeó una fórmula que poco a poco fue ajustando hasta que le pareció lograda. Según todos los cálculos, una vez inyectada, no tardaría en producir el efecto deseado. Proyectó un escenario aséptico en el que no intervinieran otras personas porque le pareció  que, efectivamente,  sentirse enamorado era totalmente independiente del objeto del amor. Sentiría lo que supone estar enamorada, esa fuerza contundente, ese éxtasis, fuera de todo influjo ajeno a su propia humanidad. Buscó un cuarto en un viejo hotel cuya ventana fue cerrada al exterior al instante. Una cama, una mesa, una silla y una puerta que daba paso a un pequeño aseo. Habló con su amiga Carol que además era compañera de trabajo y poniéndole al corriente, sin entrar demasiado en los detalles, le encomendó la misión de guardar su puerta con todo el celo posible. Aquel retiro, aquel encierro duraría exactamente una semana tras la cual sus fluidos, su complejo laboratorio personal habría recobrado los niveles normales. 

Sobre la mesa, cuartilla en blanco y bolígrafos en abundancia. No quería que nada se quedase en el olvido.

Nada más cerrar la puerta tras de sí, resonaron en sus oídos las últimas palabras que oyó, “¿Estás segura?”, a lo que ni siquiera contestó ansiosa como estaba de clavar en sus venas aquel veneno que movía el mundo.

Lo cierto es que bien podía haber sido la mesa, la cama, las perchas del armario incluso sus propios zapatos, pero hay cosas que se nos escapan: fue la silla la adorada, la suave, la única, la perfecta a pesar de sus imperfecciones o quizá por ellas… ¿por qué ella y no otra? ¿Quién lo sabe? Y sobre la mesa, los folios escritos, uno detrás de otro, como la retahíla del alumno castigado repitiendo insistentemente una y otra vez la consigna de Abel Martin que como un soniquete resumía tanto y tan bien aquel estado y que vino a su mente, después de los años, como una larga letanía que se había prendido en su memoria, anticipándose a su propio futuro:  

Todo amor es fantasía:

él inventa el año, el día,

la hora y su melodía,

inventa el amante y, más, 

la amada. No prueba nada

contra el amor que la amada

no haya existido jamás.

——————————

Cristina Flantains (León, 1965)

Cristina Flantains poeta y cuentista llega a las puertas de Masticadores con un elenco de personajes femeninos protagonistas de sus propias historias, historias de mujeres contadas por una mujer pero  para todos los públicos.

 A la realidad, ese complicado prisma formado por múltiples caras, se llega con entrega y empatía. Esta es mi versión de los hechos. Gracias por la atenta lectura.

3 comentarios en “Historia de cómo Luci Law se enamoró de una silla.

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