La invisible educación

Por Raquel Villanueva

Sección: Desde lugares que también existen

Miércoles, 08 de septiembre. 2021

A comer solito

tienes que aprender,

y a comer de todo

y a portarte bien.

Pensamos en la educación, y focalizamos nuestro pensamiento en el colegio, en la casa. Pensamos en el comedor escolar y seguramente, nuestro concepto será bastante difuso sobre el mismo. La educación es como un gran árbol, de múltiples ramas. El comedor es una de esas ramas, y ahí están ellas, y escribo ellas porque son mayoría las mujeres que se dedican a ser monitoras de comedor.

Isabel Iniesta Ruíz es una de esas protagonistas calladas, imprescindibles en el día a día de nuestros pequeños.

Isabel Iniesta Ruíz, es una de esas mujeres. Escucharla hablar de su trabajo es sentir la pasión y devoción que emplea en el mismo. Esta catalana de nacimiento y gallega por amor, confiesa tener el corazón partido, entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre la inmensa y bulliciosa Barcelona y el sobrio y acompasado Ferrol. Una vida entre el este y el oeste. Cataluña era la vida diaria, los meses de colegio, de instituto, de sueños de adolescente, Galicia eran las vacaciones, el verano, el calor, los primeros amores. Las ocupaciones laborales de sus padres, hicieron que ella fuera una niña de las que se quedaban al comedor escolar. Cuando aquí aún no existía este servicio, cuando aún habrían de pasar años para que llegara a los colegios gallegos, ella ya se sabía todos los trucos que un niño ha de emplear para poder disfrazar aquella comida que no le gusta. Sonríe, y yo lo hago con ella, al rememorar «la comida viajera», esos alimentos que uno da vueltas y vueltas en el plato, pensando que terminarán por desaparecer entre giro y giro, engullidos por la poca apetencia. Fue en su infancia y en esas comidas fuera de casa, cuando Isabel tuvo clara su vocación. Comprobó de primera mano, la magia que algunas personas podían hacer a través de la comida. Aprendió de los valores que se reúnen en torno a una mesa, de esa educación invisible que, en la mayor parte de las ocasiones, no tenemos en cuenta, por desconocimiento o por falta de aprecio. Supo de la entrega y dedicación que empleaban sus monitoras, reservando para cada niño una felicitación, un consejo cariñoso o una reprobación afectuosa. Porque uno educa desde el cariño, desde la suavidad de las palabras, y aprender a comer es algo que también un niño necesita. Ella, que era una niña que miraba a los ojos a aquellas mujeres que le hablaban de la comida, que le indicaban lo que hacía bien, que le alentaba a probar nuevos sabores, nuevas texturas, terminó por mirar a los ojos de otros niños como ella, terminó por ser una de aquellas cariñosas magas que contribuyeron a formar la mujer en la que terminó convirtiéndose. Su comienzo en comedores, fueron precisamente en su colegio de infancia. Un territorio conocido, donde vino a reafirmase en que aquel era un camino que le satisfacía. Mujer incansable y trabajadora, ha ejercido en diversos campos, llegando a estar ligada a la política en esta ciudad de Ferrol, durante un corto espacio de tiempo, ya que el desencanto hizo que abandonara esa senda y se reafirmara en aquello que desde muy pequeña había germinado en ella. 

«Los niños están sobrepasados, enfrentándose a decisiones que no les corresponden», me dice Isabel, y leo la verdad en sus ojos, la verdad del que sabe, la verdad del que conoce aquello que está ocurriendo hoy en día en la infancia. Ella, que sabe transformar un «no me gusta, no lo quiero», en un «voy a probarlo», «me comeré un poquito», «no estaba tan mal», se siente derrotada por la pasividad de algunos padres y sobre todo, ante la miopía o completa ceguera de la sociedad, ante la labor que ella y otras como ella realizan cada día. Piensa que no hay nada más incómodo que educar mal, algo a lo que nunca cederá, más allá de la poca o nula valoración de su labor.

El comedor es un tiempo muerto, un tiempo que se entiende está fuera del horario lectivo. Un tiempo al que muchos, le dan el simple valor de un trámite necesario, pero sin más trascendencia. Se obvia que el comedor iguala a todos los niños. No hay segregación por edad, todos han de comer lo mismo y  ninguno recibe notas que vengan a engrosar su currículo educativo. Un espacio donde también se alienta a la democracia, al debate, eligiendo cada semana por unanimidad, la mejor mesa, por comportamiento, por objetivos alcanzados. Es un tiempo distendido, que ha de transcurrir con sosiego. Mantener sentados y tranquilos a varias docenas de niños, no ha de ser tarea fácil, no hay más que ver lo que a veces cuesta esta acción con uno solo. Ahí es donde empieza la magia de Isabel, esa misma que ejerce sobre mí, al sentir todo ese cariño y esa verdadera entrega al hablarme de su trabajo.

«No se puede engañar a un niño. Los niños no son tontos», me asegura Isabel, plenamente consciente, a través de su conocimiento, del mundo de los más pequeños. Isabel ejerce de diplomática, tratando siempre de alcanzar ese pequeño logro que lleve a un pequeño a probar una nueva verdura, a comer de todo sin ningún tipo de reticencia. Traslada a los padres esos pequeños, pero grandes logros, haciendo evidente que ella no es una presencia invisible, que su labor abarca mucho más que un reparto de comida y una limpieza de instalaciones.

Invisible… Ahí está la palabra. Si algo es invisible, no puede ser valorado. El trabajo de Isabel es como un paisaje bajo la niebla, sabemos de su existencia, porque escuchamos nombrarlo, pero desconocemos sus trazos, hasta dónde llega, qué es lo que se esconde realmente detrás de ese genérico de «monitora de comedor», que tan poco dice y que por el contrario, tanto requiere. Necesitamos un sol que consiga levantar estas nubes bajas que no nos permiten ver más allá. Yo, he encontrado ese sol en los ojos y en las palabras de Isabel. Ojalá estas breves líneas, traigan un poco de luz y contribuyan a que tanto ella, como sus compañeras, sean apreciadas, valoradas, tenidas en cuenta, como las verdaderas magas de la comida que son.


Raquel Villanueva Lorca (Ponferrada, 1970). Sus inicios en la lectura se remontan a sus días de infancia, creando a través de los libros un mundo paralelo repleto de palabras y metáforas.

Comenzó sus pasos en la escritura de manera tímida, plasmando en papel reflexiones, relatos cortos, e intentos de historias algo más completas y extensas.

Divide su tiempo en tres facetas: lo leído, lo escrito y lo vivido, trío de experiencias que terminan por conformar el todo que intenta ser.

Socia fundadora del Club Petronio, que intenta —junto con el Ayuntamiento, el Consejo Comarcal del Bierzo y otros organismos públicos y privados—, fomentar la lectura y activar la vida cultural de la ciudad de Ponferrada.

Tiene cuatro libros publicados: La decisión de Elsa (2007), finalista del VI Premio Hontanar de narrativa breve. La Cruz del Sur (2015), novela ganadora del I premio de Novela Corta de Editorial Fanes. Relatos de una adoratriz (2018), antología de relatos eróticos. Relatos de mar y vida (2021), obra finalista de la IV Edición del Premio Caperucita Feroz en la modalidad de conjunto de cuentos.

Varios premios y menciones especiales en diversos concursos de relatos. Colaboradora en reconocidas antologías, como en el libro de autores bercianos que se que se editó con motivo de la entrega del Premio de la Crítica Literaria 2018, que tuvo lugar en Villafranca del Bierzo a primeros del mes de abril del año 2019, o en el muy reciente libro homenaje a la poeta berciana Manuela López. Una vida, una obra.

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