Amy Beach, pionera del sinfonismo

Por Marta Muñiz Rueda

Sección: Mujeres en la Música

Lunes, 16 de agosto. 2021. RECUPERADO

Cuando pensamos en dar visibilidad a mujeres que han ejercido su trabajo en el campo de la música, los primeros nombres que acuden a nuestra cabeza son los de aquellas que saltaron por una u otra razón a los libros, a la Historia, nombres que conocemos porque fueron creadoras, musas, editoras o intérpretes que, aunque no lograron el éxito de sus homólogos varones, en cierta manera sí consiguieron ser recordadas. Pero, ¿qué hay de aquellas que no tuvieron ni siquiera esa fortuna?, ¿la pequeña suerte de unir su destino al de algún músico de prestigio? Ellas obtuvieron cierto reconocimiento en vida, seguramente, algunas ni eso, pero nunca volvió a hablarse de estas mujeres. No, al menos, como hablamos de Clara Schumann, Alma Mahler o Fanny Mendelssohn.

Ellas son, en mi opinión, las primeras en la lista que merecen que pensemos en su legado con prioridad y justicia. Es el caso, por ejemplo, de Amy Beach, que nació en West Henniker, New Hampshire (Estados Unidos de América) el 5 de septiembre de 1867.

La joven Amy Marcy Cheney

Su nombre de soltera era Amy Marcy Cheney y fue una niña prodigio de oído absoluto al más puro estilo mozartiano. Musicalmente Amy fue una niña precoz. Aprendió a leer a los tres años y a los cuatro empezó a tocar el piano. Se crio en la granja modesta que pertenecía a su familia en la que había un piano, ya que en aquella época era muy común que las niñas de un status social de clase media aprendiesen a tocar. Su madre era una excelente pianista y cantante amateur y su abuela cantaba en el coro de la iglesia, por lo que para Amy el acercamiento a la música suponía el seguimiento esperado de una tradición familiar.

Dado que tenía oído absoluto, desde los dos años era capaz de tararear canciones en su tonalidad original una vez había escuchado estas en cualquier parte y si en su casa alguien osaba cantarlas fuera de tono ella exigía afinación total.

En un principio su madre se opuso a que empezase a practicar desde temprano, le parecía demasiado prematuro que una niña de 3 años se dispusiese a ensayar, le daba miedo que esa atracción inicial por la música pudiese transformarse en un rechazo futuro, por lo que Amy se limitaba a tocar las melodías que habitaban su cabeza en un teclado imaginario. Su tía, al conocer su pasión convenció a los padres para que la permitiesen comenzar sus estudios de interpretación, que comenzaron con 4 años y un vals de Strauss. A imitación de esta primera obra que había aprendido, Amy empezó a componer sus propios valses. Para poder entender ese universo nuevo que se desarrollaba en su mente, Amy asoció colores a cada tonalidad o escala para poder distinguirlas. Cuando cumplió 6 años sus padres decidieron que recibiese una formación más académica, aunque fuera a través de maestros particulares y así comenzó a interpretar obras de Häendel, Mozart, Mendelssohn, Chopin, Bach y su favorito, Beethoven. A la vez que recibía su formación musical también se educaba desde casa en otras materias, aprendiendo varios idiomas y estudiando matemáticas, geografía y literatura. Su primer recital formal fue en Boston y varios managers quedaron fascinados al oírla tocar con sus pequeñas manitas, pero una vez más su madre sentía ciertos reparos morales por aprobar sus avances, no quería que Amy se convirtiese en una ‘niña explotada’ por los intereses de gestores culturales y agentes, así que de nuevo la alejó de los escenarios.

Amy… siempre tuvo más interés en crear sus propias obras que en interpretar repertorios existentes.

Su padre cambiará de empleo en 1875 y este hecho hace que la familia abandone la granja y se traslade a un suburbio de Boston, Chelsea. Diferentes profesores recomendaron a los padres llevar a Amy a un Conservatorio europeo, pero sus progenitores no querían separarse de ella y desoyeron estos consejos, dejando su educación en manos de tres profesores particulares: Ernst Perabo y Carl Baermann en el terreno de la interpretación y Junius W. Hill en el campo de la composición y la armonía. Este último maestro ayudó mucho a Amy, ya que ella siempre tuvo más interés en crear sus propias obras que en interpretar repertorios existentes.

Será en 1883 cuando debute oficialmente en Boston interpretando obras de Chopin y Moscheles. Su presentación fue todo un éxito que le granjeó futuros conciertos con la Sinfónica de Boston, siendo ya reconocida como artista de prestigio.

En 1885 contrajo matrimonio con el médico Henry Harris Aubrey Beach, un cirujano viudo 24 años mayor que ella. Desgraciadamente a su esposo no le hacía gracia que Amy actuase en público, de modo que sus conciertos se restringieron en número a escasas actuaciones estelares. Amy dedicó entonces más tiempo a componer aprovechando el aislamiento, sobre todo obras de Cámara, música coral, cantatas y obras para piano.

Su primer gran éxito sería la Misa en Si b M, a la que siguió su obra más relevante, la Sinfonía Gaélica, terminada en 1896. Esta obra tiene especial relevancia en la Historia de la Música, pues fue la primera sinfonía compuesta por una mujer americana y se volvió muy popular en su época. Al morir su marido en 1910, Amy decide hacer una gira por Europa y su Sinfonía Gaélica será muy bien recibida por el público y la crítica, pero estalla la Primera Guerra Mundial y debe regresar a su hogar estadounidense. Se asienta entonces en Nueva York, durante el invierno se dedica a ofrecer recitales y los veranos serán épocas de estimulante composición en su casa de campo de Massachusetts. En esta última etapa compone mucha música sacra para la Chamber Music Society de San Francisco y es entonces cuando nace también su ópera ‘Cabildo’.

En 1915 escribe sus memorias en torno a la música en su libro “Diez mandamientos para jóvenes compositores”.

Falleció en su casa de Nueva York tras un largo padecimiento de corazón.

Tras su muerte, como muchas otras compositoras, cayó en el olvido más absoluto.

Afortunadamente, instituciones como la ABRSM of Music están rescatando su legado proponiendo a los alumnos pequeñas composiciones en su repertorio de examen.

Así fue como yo he conocido a Amy, estudiando junto a una alumna de piano su ‘Artic Night’, la primera de las piezas de su suite para piano Eskimos.

La belleza de su melodía me hizo reconocer en su obra el talento de una mujer muy especial, enormemente influida por los compositores del Romanticismo, como Brahms, pero capaz de componer desde un lenguaje armónico mucho más moderno, como lo hicieron Debussy y Ravel o Eric Satie. Modulaciones cromáticas, impresionismo en sus cadencias y motivos, delicadeza interválica.

Amy Beach, pionera del sinfonismo, la mujer que no se rindió ante la oposición del mundo y fue capaz de amar la música y crearla teniendo en contra toda una época.

Enlaces para disfrutar de sus creaciones:

Sinfonía Gaélica: (162) Amy Beach – Symphony in E-minor, Op.32 «Gaelic» (1896) – YouTube

Concierto para piano: (162) Amy Beach Piano Concerto. Joanne Polk, pianist – YouTube

Artic Night (Eskimos): (162) Arctic Night – Amy Beach, B:1 Grade 5 ABRSM Piano 2021 2022, Jill Morton – Piano – YouTube


Marta Muñiz Rueda (Gijón, 1970) es escritora y músico. Ha publicado libros de poesía (El otoño es nuestro, Libro de la delicadeza), la novela Tiempo de cerezas, y los libros de cuentos 13 cuentos dementes Anna y las estrellas. Desde pequeña su vida ha estado ligada al aprendizaje y la enseñanza del piano y la composición, ya que todas las mujeres de su familia han estudiado interpretación. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo y titulada profesional de piano por los Conservatorios de Gijón y León. Como compositora puso música a poemas y textos de Miguel de Cervantes y Lope de Vega en la obra ‘Duelo de ingenios’, actuando a dúo con la soprano Ana Clara Vera Merino, estrenándose con gran éxito en la Biblioteca Pública de León. También es autora de cuatro obras de teatro musical infantil en la compañía de la que forma parte, ‘Moraleja de la candileja’. Ha participado en numerosos eventos artísticos, antologías, revistas culturales y es columnista de opinión del diario de información general La Nueva Crónica.

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