Cécile Chaminade o la magia de la Belle Époque

Por Marta Muñiz Rueda

Sección: Mujeres en la Música

De entre tantos y tantos nombres que necesitamos rescatar de ese baúl de sombras que es la Historia de la Música con nombre de mujer, he creído justo continuar el camino que emprendió Clara Schumann con un nombre desconocido para una inmensa mayoría, seguramente a su pesar. Hace algo más de cien años ella y sus más de cuatrocientas composiciones fueron extraordinariamente populares en Europa y en Norteamérica, pero tras la Primera Guerra Mundial, Cécile Chaminade cayó en el olvido. Un olvido inmerecido, como el que ha acompañado a muchos otros músicos injustamente.

Su nombre completo era Cécile Louise Stéphanie Chaminade. Nació en Batignolles, París, el 8 de agosto de 1857. Su familia disfrutaba de numerosas comodidades, pertenecía a la alta burguesía. Su padre era director de una conocida compañía de seguros y su madre fue quien inoculó en Cécile el amor por la música en general y por el piano en particular, ya que ella misma interpretaba obras como amateur. De hecho, su madre fue también su primera maestra, enseñándole las cuestiones más básicas de Lenguaje Musical y Piano.

Cécile mostró su talento precozmente ya que, coincidiendo con su Primera Comunión, compuso la obra vocal breve ‘O salutaris’, que se interpretaría posteriormente en muchos templos. George Bizet, el autor de ‘Carmen’, era un buen amigo de la familia y le auguró a la pequeña Cécile un futuro prometedor cuando la escuchó al piano. Incluso fue Bizet quien recomendó a la familia Chaminade matricular a su hija en las clases que impartía Félix Le Couppey, ya que el padre se oponía a que su ‘petite Mozart’ fuese al Conservatorio de París. Su formación se forjó, por tanto, gracias a la atención de magníficos profesores particulares de gran talento, como el ya mencionado Le Couppey, Savard en Armonía, Benjamín Godard en interpretación y Marmontel en el terreno de la composición.

Cécile aprendió mucho de sus cuatro profesores y lo hizo cómodamente, aunque no pudo probar lo que significaba competir con otros alumnos o gozar del agradable ambiente que se disfrutaba en el Conservatorio parisino en su época. Tal vez esta circunstancia le provocó ciertas inseguridades como autora, sobre todo a la hora de no encasillarse y abrirse a nuevas influencias capaces de estimular diferentes estilos de composición.

En todo caso, su padre fue un doloroso obstáculo para su desarrollo profesional, pues sólo quería para Cécile el destino de la mayoría de las señoritas burguesas de su época, un buen matrimonio y muchos hijos. Y su exquisito talento, para el señor Chaminade, no era más que el entretenimiento de una dama amateur. Pero cuando pudo comprobar que grandes personalidades de su entorno admiraban sinceramente a Cécile, hablamos de autores como Massenet, Saint-Säens o Chabrier, no tuvo más remedio que despejar poco a poco el horizonte artístico de su hija.

En su casa del número 69 de la Rue de Rome se reunían artistas cada dos semanas y es así como Cécile fue introduciéndose en el mundillo musical de su época, acompañando a su amigo el violinista Joseph Marsick.

Aprovechando la ausencia de su padre durante uno de sus viajes, Cécile participó públicamente y por vez primera en un concierto en el que se interpretaron tríos de Beethoven y Widor, con gran éxito y repercusión en prensa. A partir de este momento su carrera musical despegó como concertista de piano. Un año más tarde, en 1878, acompañada por Le Couppey, estrenaría sus propias obras. Este concierto la consagró como compositora y le abriría el camino a actuaciones cada vez más importantes, afianzando a su vez su perfil como creadora. El 4 de abril de 1881 la Societé Nationale presentó el estreno de su Suite d’orchestre, Op. 20, que más tarde se representaría también en los Campos Elíseos dirigida por el célebre Pasdeloup en sus Conciertos Populares a los que acudía gran parte de la sociedad parisina.

Animada por este éxito, Cécile quiso introducirse en la música escénica. Compuso una opereta: ‘La Sévillane’, en la Ópera Cómica de París se estrenó, con réplicas en la prestigiosa Sala Pleyel y en la Sala Érard, pero no obtuvo el éxito esperado. Sin embargo, su ballet sinfónico Callirhoë, Op. 37 tuvo una calurosa acogida. Tras doscientas representaciones en varios lugares de Francia su producción cruza el Atlántico y con letras de oro llega al Metropolitan de Nueva York en la década de 1880. Fue además en esta etapa en la que Chaminade compuso muchas obras de Cámara.

Su padre muere en 1887, y esta circunstancia transforma la vocación de Cécile en una forma de ganarse la vida. Su madre y ella misma de pronto se sintieron acosadas por las deudas que la mala gestión paterna les obligaba a heredar. Tal vez estas circunstancias empujan a Cécile a introducirse en un mundo más comercial, a crear un repertorio más ligero del que pudiese obtener mayores beneficios en muchos Cafés y salones frecuentados por la nata y crema de la Belle Èpoque. Curiosamente, será esta faceta suya, la de creadora de obras breves para piano, lo que harán de su patrimonio algo diferente, encantador e inmortal.

Chaminade se convirtió, musicalmente, en inspiración de toda una generación a través de estas partituras que le procuraban un generoso sustento y fue de las primeras mujeres capaces de ganarse la vida publicando sus obras.

Cécile contaba con el apoyo de afamados poetas que le brindaban sus versos para que ella los musicalizase y fue este repertorio el que triunfó en los grandes salones de París interpretado por las voces de Emma Albani o Nellie Melba, grandes sopranos de la época.

La música de Cécile Chaminade es elegante, fresca, divertida. Nos transporta a ese París impresionista de Renoir, Monet, Van Gogh. Nos recuerda que la vida es bella y que el tiempo es oro en nuestras manos.

Cécile triunfa en París, en capitales europeas y en América. Pero la Primera gran Guerra y la llegada del jazz, las vanguardias y la modernidad queriendo romper con todo, la fiereza de algunos críticos o un impropio destino adverso volcaron su repertorio en el olvido. Por supuesto el hecho de ser mujer no facilitaba las cosas. Como llegó a decirle el poeta Ambroise Thomas: “No es una mujer que compone sino un compositor que es una mujer”.  Los prejuicios sexistas enterraron la obra de esta peculiar compositora hasta finales del siglo XX. Incluso hoy en día la mayoría de los melómanos o intérpretes se asombran o extrañan al escuchar su nombre, el de una mujer que supo abrirse camino y vivir de sus propias composiciones en un París tan encantador como hostil.

Enlaces para escuchar su obra:

  1. Arabesco: (140) Cécile Chaminade – Arabesque No.1, Op.61 – YouTube
  2. Scarf Dance: (140) Cécile Chaminade – “Scarf Dance” Op. 37 – Rina Cellini Piano – YouTube
  3. O salutaris: (140) CHAMINADE: Messe–O Salutaris & Agnus Dei – YouTube
  4. Música de salón: (140) Cécile Chaminade – Vert-Galant, Op.85 – YouTube

Marta Muñiz Rueda (Gijón, 1970) es escritora y músico. Ha publicado libros de poesía (El otoño es nuestro, Libro de la delicadeza), la novela Tiempo de cerezas, y los libros de cuentos 13 cuentos dementes Anna y las estrellas. Desde pequeña su vida ha estado ligada al aprendizaje y la enseñanza del piano y la composición, ya que todas las mujeres de su familia han estudiado interpretación. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo y titulada profesional de piano por los Conservatorios de Gijón y León. Como compositora puso música a poemas y textos de Miguel de Cervantes y Lope de Vega en la obra ‘Duelo de ingenios’, actuando a dúo con la soprano Ana Clara Vera Merino, estrenándose con gran éxito en la Biblioteca Pública de León. También es autora de cuatro obras de teatro musical infantil en la compañía de la que forma parte, ‘Moraleja de la candileja’. Ha participado en numerosos eventos artísticos, antologías, revistas culturales y es columnista de opinión del diario de información general La Nueva Crónica.

2 comentarios en “Cécile Chaminade o la magia de la Belle Époque

  1. Gracias, Marta, por abrirnos caminos musicales hacia esas mujeres que han transitado y transitan por la Música de manera tan magnífica. Cada nuevo descubrimiento que nos haces es un paso más hacia la justicia y un enriquecimiento de nuestros sentidos y nuestra sensibilidad.

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